Mario Cippitelli
Neuquén.- Es cerca del mediodía y el sol del otoño se empieza a sentir. Es el mismo sol que en el verano se muestra despiadado con quienes trabajan en la parte más alta de la obra, preparando la losa, protegiéndose con camisas largas, gorra y casco para evitar el calor agobiante.
Pero ahora el sol se muestra más amigable. El otoño es una de las mejores estaciones para pegar ladrillos, doblar hierros, desparramar el hormigón y preparar los encofrados. Se nota en el ánimo de quienes trabajan. Se ríen, cantan y hacen chistes en idiomas desconocidos para la mayoría de quienes los escuchan. Si se puede descifrar que algunas palabras pertenecen al guaraní, aunque también hay vocablos quechuas, mapuches y muchos otros modismos bien lunfardos.
La obra en construcción es el lugar de trabajo de decenas de obreros provenientes de distintos lugares, algunos más remotos que otros, y desde que comenzó a levantarse el edificio se convirtió en un extraño crisol de culturas, tan distintas entre ellas que cuesta creer que detrás de ese amplio abanico de idiomas e idiosincrasias hay un espíritu de trabajo común, un equipo que sabe que la única manera que tiene para que el edificio se termine es a través del engranaje perfecto que compone cada uno de los obreros.
“Tenemos gente de todos lados”, asegura Teófilo Aquino, el capataz que tampoco es de Neuquén, sino que llegó de Boliviahace ya algunos años.
Teófilo es el encargado de juntar a los “muchachos” para que hablen con este cronista y en un rato, en la planta baja del enorme edificio que se construye en Belgrano poco antes de llegar a Fotheringham al 600, van apareciendo los personajes, en un principio tímidos, y después más sueltos a la hora de hablar.
“Los paraguayos son los más gritones”, suelta uno de los obreros, que rompe el hielo y hace que el grupo estalle en carcajadas. Mario Flores (Cochabamba, Bolivia), Mario Ramón (Santiago del Estero, Argentina), Héctor Caballero (Asunción, Paraguay), Julio Páez (Concepción, Paraguay), Fernándo Bóveda (Ciudad del Este, Paraguay), Gustavo Rojas (argentino de padres bolivianos), Hernán Calfuqueo (Neuquén, Argentina), Alejandro Peralta (Argentina) y Lorenzo Merele (Paraguay) son algunos de los trabajadores de la construcción que componen esta amalgama de culturas.
Los paraguayos, que parecieran ser mayoría, son los que más hablan y, para el oído argentino, los más graciosos. Todos señalan a Merele como el gritón que desgarra las mañanas con un sapucay y frases en guaraní de todo tipo.
Los idiomas, como la gastronomía, se intercambian y se enseñan. “El paraguayo le enseña guaraní al argentino, el chileno aprende quechua del boliviano y hasta tenemos uno que habla en mapuche”, comenta Teófilo.
No es algo nuevo que personas de otros países se radiquen en la zona. Se estima que unos 15 extranjeros tramitan diariamente la residencia en Neuquén, según la Dirección Nacional de Migraciones. La mayoría de ellos provienen precisamente de Chile, Bolivia y Paraguay, y de este último es del que más se emplean en la construcción.
“Acá comemos chipá y mandioca, pero nos adaptamos a las comidas locales”, reconocen casi a coro quienes llegaron de Paraguay en busca de trabajo. Cada quien extraña su comida típica, pero por igual caen rendidos ante el asado, banquete que se sirve cada tanto y que, pareciera, que el entorno de las obras de construcción le dan un toque especial.
El empleo y la necesidad de conocer otros lugares trajeron a la mayoría a Neuquén. Muchos llegan por el contacto de un familiar o un coterráneo ya instalado y otros se largaron solos a probar suerte en este rincón de la Patagonia. Por fortuna, todos consiguieron empleo y seguirán trabajando, ya que el ritmo se mantiene constante.
Consultados sobre si tienen planes de quedarse, todos se miran y se ríen porque en realidad no tienen la respuesta. La gran mayoría son muy jóvenes y saben que tal vez no estén preparados para echar raíces en un lugar en particular. Sin embargo, el amor puede convertirse en un ancla pesada y difícil de levantar, como es el caso del santiagueño Mario Ramón, quien reconoce que anda de novio, en medio de las cargadas generalizadas del resto de sus compañeros.
El proyecto para establecer Neuquén como residencia definitiva es tentador porque todos coinciden en que la ciudad es muy linda “y tranquila” como para quedarse a vivir y formar una familia. Pero hay un problema que no es únicamente el de ellos, sino el de muchos capitalinos: el alto costo que tiene el alquiler.
Son pocos los que tuvieron la suerte de levantarse su propia vivienda, aunque con mucho sacrificio. La mayoría tiene que alquilar lo que el presupuesto le permita, que no es mucho porque también necesitan ahorrar aunque sea unos pesos.
En el grupo, todos se contienen mientras realizan el duro oficio que tiene el albañil. Porque hay algo que los unifica: el destierro.
“Vemos a nuestras familias para las fiestas. Es una sola vez al año que podemos hacerlo”, dice uno del grupo con una inocultable nostalgia, aunque afortunadamente, la tecnología permite acortar las distancias y siempre hay posibilidad de establecer un contacto telefónico con los afectos.
Ayer, todos los obreros participaron de un suculento asado con el capataz y el ingeniero que dirige la obra. Fue en horas del mediodía, después de trabajar toda la mañana.
El grupo de albañiles que integra esta cuadrilla de personal tan variada y culturalmente distinta aceptó posar para la foto que ilustra esta crónica desde lo más alto de la obra, donde están terminando una losa. Todos abrazados y con los pulgares en alto celebraron anticipadamente el Día del Trabajador, rindiéndoles honor, a su vez, a los inmigrantes, a la tolerancia y al multiculturalismo del que tanto se habla por estos días.
“Aunque parezca mentira, acá se aprenden nuevos idiomas. Se habla guaraní, quechua y mapuche. Siempre hay un buen ambiente de compañerismo y de trabajo entre todos los muchachos”. Teófilo Aquino. Capataz de la obra oriundo de Bolivia
Perú: Si bien en Neuquén hay muchos peruanos, no hay registros de que se empleen en construcción.
Una amistad entre hierros y ladrillos
La gran cantidad de horas que pasan trabajando y compartiendo sus vivencias hace que algunos de los obreros hayan entablado una amistad, más allá del oficio de albañil.
“Cuando cobramos la quincena, solemos salir a tomar algo”, reconocen los más jóvenes. Es así como logran fortalecer y consolidar día a día una convivencia intercultural, en este caso entre paraguayos, bolivianos, chilenos y argentinos, más allá del tiempo que pasan en la obra.
Ahora tienen el objetivo puesto en terminar el enorme edificio de la calle Belgrano, que les permitirá asegurarse trabajo hasta marzo del año que viene, según lo estipula el contrato. Cuando esto ocurra, tendrán que salir a buscar trabajo nuevamente hasta encontrar algo que les devuelva el sustento.
“Cuando uno va a una obra nueva solemos reencontrarnos con compañeros de trabajo, así que es una gran alegría”, reconocen todos por igual.
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