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La Mañana

La fruticultura patagónica del Alto Valle

"Conflictos de una actividad económica ineficiente en la era del capital tecnológico”

Gerardo Mario de Jong
Editorial La Colmena, 2010

Para el Alto Valle de Río Negro y Neuquén, la fruticultura es la actividad económica principal y el eje de su desarrollo, tensiones y conflictos. Esta importancia contrasta con la escasez de trabajos académicos y la aún más escasa transformación de estos trabajos en libros.  Son pocas, además, las investigaciones que analizan la actividad desde la perspectiva del desarrollo económico y la planificación regional. Normalmente la problemática suele derivarse a cuestiones agronómicas, una manera de expurgarla de sus conflictos internos y disputas por la apropiación del excedente generado. En este sentido, la reciente obra del geógrafo Gerardo M. de Jong representa una muy bienvenida excepción que se completa con un adicional: El análisis del sector desde las vanguardias de las teorías del capital, como son las tesis sobre el capital tecnológico desarrolladas por el economista Pablo Levín.
Hacia 1930, la producción frutícola del Alto Valle del río Negro había sido organizada por el capital inglés, propietaria del Ferrocarril y de la AFD, la empresa que estimuló a los productores, financió parcialmente su organización productiva y los capacitó en las técnicas del nuevo cultivo. Los productores fueron mayormente inmigrantes españoles, italianos, galeses (Valle medio) y otros originarios de de otros países europeos y de la Región Pampeana. El Alto Valle es un espacio diferente en la Patagonia debido al uso intensivo de la tierra, con cultivos frutícolas y vitivinícolas. La economía frutícola, que aún exporta el 70% de la producción, fue claramente exitosa hasta bien entrada la década de 1950.
Una de las tesis de De Jong es fuerte. Sostiene que la actividad, que tuvo una etapa promisoria hacia mediados del siglo XX, derivó en un desarrollo que actualmente se caracteriza por una relativa baja calidad del producto y costos altos, no competitivos a nivel de los países productores del Hemisferio Sur, aún en los períodos que el tipo de cambio favorable la protegió de las ineficiencias del conjunto. Antes y ahora, el mercado estaba y está controlado por firmas de comercialización que utilizaron su posición de poder para fijar los precios de la fruta como método para definir las tasas de ganancia que deseaban y, en consecuencia, sostener sus propias ineficiencias. Con el tiempo esta presión obtuvo dos resultados: muchos pequeños productores desaparecieron como tales y la calidad de la fruta decayó. Es decir: se deterioró el agente productivo principal para el conjunto de la actividad. Paralelamente, desde los años ’90, se dio un proceso de transnacionalización, del que paradójicamente se habría podido esperar una mayor eficiencia dado su carácter corporativo internacional, pero que sin embargo no sirvió para sacar a la fruticultura de su letargo estructural. Una ideología eminentemente mercantilista, que no se corresponde con las transformaciones del capital industrial indiferenciado, y mucho menos con el capityal tecnológicamente diferenciado, eludió por el camino de la comodidad y el poder, los desafíos que implicaba el aumento de la eficiencia económica del conjunto.