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La Mañana

La garra no se mancha

 

Luis Suárez estuvo a punto de quedarse sin Mundial por una lesión. Sin embargo, se recuperó y de forma admirable realzó la confianza de Uruguay en la Copa cuando le ganó a Inglaterra. La imagen de un Suárez emocionado, conmovido por semejante hazaña, dio la vuelta al mundo. Acaso por eso miles de botijas se ven reflejados en este jugador. Él es su espejo y sus goles, las fantasías de casi toda la niñez uruguaya. Los que seguimos su carrera hemos advertido cómo Suárez se las ingenia para engañar a los árbitros europeos, o a los de la Conmebol en las eliminatorias, inventando faltas que no son tales. Viveza, viveza criolla, como también se hace acá.
Pero contra Chiellini, a Suárez se le fue la mano (o la boca). Uruguay, tal como ocurrió con el doping positivo a Diego en USA ’94, le perdona todo. Los uruguayos, o muchos de ellos, creen ver en el mordisco de Suárez una falta leve, apenas una contravención que no merecería reparos, y menos aún una sanción tan severa como la que acaba de aplicarle la FIFA. Y además creen que contra el jugador se ha lanzado una caza de brujas. También Pepe Mujica parecería compartir parcialmente ese criterio. Suárez nada parece haber aprendido de Obdulio, o de Enzo. Ellos hicieron de la estética del juego un disfrute inmenso. Y de sus conductas simples una verdadera ética futbolera. Espejos de una época. De algún modo ellos fueron bastiones de la famosa garra charrúa. Lo de Suárez no es una anécdota, ni tampoco debería magnificarse más allá de lo que es. Pero viene en un momento justo para revalorizar el fútbol como lo que debería ser, con espíritu de potrero y no como una contienda de jinetes medievales. La garra, entonces, debería resignificarse para que no la manche un mordiscón inoportuno. El fútbol de Uruguay no lo merece, menos aun cuando Luis Suárez parece no habérselo agradecido nunca.