La estadística que LMNeuquén publica hoy en tapa y en página 19 (un hallazgo del periodista Guillermo Elia) saca a la luz una profecía autocumplida: Neuquén ya empezó a sufrir lo peor del crecimiento, el tiempo en que la vida parece que no vale nada.
Los robos que terminan con una persona muerta dejaron de ser horrorosas imágenes que repiquetean por televisión desde el Gran Buenos Aires lejano y violento. Ya están entre nosotros. Y al contrario de lo que han venido haciendo las autoridades de seguridad –hincapié en el único asesinato en robo del año pasado entre decenas de crímenes, ¿acaso una cocarda para colgarse al pecho?– ahora no habría que detenerse tanto en las cifras todavía cortas sino en el modo. Convendría dejar de calmarse con el envase para ponerse en alerta con el contenido.
Tampoco serviría creer que parece un flagelo reducido a ciertos barrios desangelados. Este cáncer social no discrimina por geografía, pelaje ni horario.
Por un lado, crecer de golpe siempre implica sufrimientos; para las personas y también para las sociedades. Y por otro lado, la violencia no es consecuencia exclusiva –ni mucho menos– de la prosperidad o de la expectativa por lograrla.
Pero el costo del camino de la sociedad neuquina hacia su futuro será más bajo cuanto más cuidado tenga por reducir desniveles sociales, trabajar en la contención, ofrecer caminos de realización personal, alentar y hasta premiar el esfuerzo; interesarse de verdad por el otro. Si pone empeño en estas cuestiones, a las que dedicó su vida neuquina don Jaime de Nevares (ver pág. 10), los violentos tendrán menos terreno fértil para cercarnos, atacarnos y paralizarnos de temor.


