Los Siete Temas para sacar conversación sobre vinos
Joaquín Hidalgo
Especial
A todos nos pasa que, en la cena de Navidad, a veces quedamos en mesas donde no tenemos mucha afinidad con los que nos toca en suerte compartir la velada. Y estando la Argentina como está, en que hablar de actualidad política es encender la mecha de la discordia o, si tocamos el fútbol, la cosa se puede poner espesa y arruinar toda la noche, ni qué hablar de economía y otros tantos rubros espinosos. En ese caso, el vino es un catalizador, un rompehielos ideal que, bien llevado, pone a circular la mesa de forma amable, antes de que un par de copas hagan que todo el mundo se enguirnalde con el espíritu de la Navidad.
Pero ¿de qué hablar?, ¿qué temas son interesantes sin ser esnobs? A continuación, algunos salvavidas para la noche no zozobre.
La vuelta de los blancos. Todo el mundo ama los tintos. Pero en una noche de calor, en pleno diciembre, ¿será posible que no pinte un buen blanco? En rincones especializados, en gastronomía, entre consumidores formados, el blanco vive un revival de la mano de estilos más logrados que el blanco escurrido de otro tiempo. Chardonnay de altura, que aporta frescura y madurez al sabor, sauvignon blanc de zonas templadas, con trazos tropicales tipo maracuyá, el sabor de moda. O bien torrontés picarón para las picadas. Con un plus: por menos plata que los tintos, entregan igual sabor. ¿Podían creerlo?
Tintos de verano. Otra cosa interesante son los tintos de verano. Si hasta ahora pocos consumidores se atrevían a enfriar un tinto, los nuevos estilos de tintos, más frescos y ligeros, se bancan una buena refrescada, incluso un hielo, para funcionar mejor. ¿Herejía? Depende el punto de vista. Al menos desde el nuestro, es peor no beber porque el vino está caliente que tomarse una rica copa fría y refrescante. Complemento de este tema universal, este otro: ¿cómo enfriar rápido una botella de vino?
¿Los sommelier mienten? Cuando el tipo, en el restaurante, te ofrece una botella de vino con biribiri, ¿miente o dice la posta? Depende. Uno se da cuenta enseguida porque: a) insiste en una marca (ahí hay un arreglo); b) si uno le pregunta algún detalle de la botella que recomienda, por ejemplo, tiempo de crianza o zona de origen, un titubeo puede dar margen a la sospecha. Pero por regla general, un buen sommelier no chapucea. Lo que pasa es que en este país tendemos a desconfiar de todo el mundo, por motivos de principio y no de prueba. Pero que los hay, los hay. Conversar del tema puede, con una anécdota inventada incluso, soltar la lengua.
La botella más cara. En nuestro país hay vinos cuya sola botella asciende a 35 mil pesos. Es un Felipe Rutini 1992 que, puestos a juzgar, cuesta cuatro salarios mínimos; o bien, Catena Zapata Estiba Reservada 2010 y Cobos Chañares 2014, que cuestan 6700 pesos cada una, casi un salario mínimo. ¿Y en el mundo? Una visita a sitios de compra de vino internacional propone que, por 160 pesos de envío, te compres una botella de Romané Conti 2014 por 250 mil pesos. Mejor no sacar la cuenta. Ahora bien, ¿qué opinan en esa mesa, qué hace que un vino cueste tanto dinero?
El fraude del siglo. Mientras que se sirven los vinos, seguro alguno dice que en el supermercado chino se consiguen vinos muy baratos. Es verdad. Y mientras que muchos piensan que son falsos o robados, y en algunos casos tienen razón, lo mejor es comentar el fraude del siglo en materia de vinos. Un tal Rudy Kurniawan que, nacido en Jacarta, Indonesia, bajo el nombre de Zhen Wang Huang, embocó una estafa que lo mandó a la cárcel. En 2006 se presentaba como un gran coleccionista, con una cava de vinos muy selectos de Francia que comenzó en subastas impactantes. El chiste es que en 2012 se descubrió que Kurniawan compraba vinos sencillos de Burdeos y los reetiquetaba como grandes Burdeos, falsificando todo el pack y embaucando a varios millonarios con su estafa. Hay una buena película para ver: Sour Grapes, o Uvas agrias.
El gusto del terroir. Cada vez más se habla de terroir en Argentina. Y como los consumidores tienen poca idea de qué se trata, siempre es un tema para proponer y mandarse la parte. Que el vino tiene el gusto de la región que le da origen está largamente comprobado. Pero ¿cuál es ese sabor? Es un tema un poco nerd, pero enseguida la gente se engancha. Para eso, hay que partir del vino que se está sirviendo en la cena y proponer el famoso “qué pasaría si fuera de otra región”. El tema da como para una hora de estimaciones mientras el vino obra maravillas tejiendo en la mesa una deliciosa fraternidad. De más está decir que no hace falta saber mucho para plantear el tema. Con tirarlo, nomás, arranca.


