Un cabo de la policía neuquina, posesivo y violento, no soportó que su ex rehiciera su vida con otro hombre, por lo que a él lo asesinó y a ella la dejó en terapia intensiva.
Analicemos el caso. El cabo Alejandro Lagos en ningún momento de la audiencia de formulación de cargos habló de su ex, sino que se refirió a Magnolia Salas como “su mujer”. La posesión por encima de todo. Respecto de la violencia ejercida, por suerte no pasó como emoción violenta; queda demostrado en la cantidad de disparos que ejecutó a Edgardo Soto, la víctima fatal de esta historia. Recibió seis tiros en la cabeza. No disparó contra un blanco fijo. Por una cuestión de lógica y gravedad, tras el primer o incluso el segundo disparo, el cuerpo tiende a caer, es así que Lagos debe haber esperado un breve segundo para seguir gatillando sobre la cabeza de Soto. Después tuvo tiempo para darle tres tiros a Magnolia, y uno de esos proyectiles fue derecho a la zona del tórax, donde un policía entrenado sabe que más daño provoca una herida de bala, porque puede afectar varios órganos vitales.
La necesidad de asistencia psicológica en la Policía ya no puede seguir siendo dilatada por el Gobierno.
Pregunto: ¿a quién le estamos dando las armas para que nos protejan? ¿Toman consciencia dentro de la Policía y el Gobierno el poder y la responsabilidad que conlleva tener un arma en la cintura? Evidentemente no. Acá, guste o moleste, a la Policía le faltan psicólogos y psiquiatras que hagan un acompañamiento más pormenorizado de los uniformados.
También es cierto que algunos policías eligen no ir al psicólogo para evitar que le retiren el arma porque sin la 9 milímetros no pueden hacerse unos pesos extra cubriendo adicionales. Este escenario, por ahora, es una inevitable trampa mortal.


