Los 130 kilos de pirotecnia decomisados ayer en operativos sorpresa en la ciudad reflejan el tráfico oculto que ya se registra entre Río Negro y Neuquén, y anticipan unas fiestas estruendosas aprovechando el descontrol y la falta de políticas eficientes para poner fin definitivamente a esta práctica tradicional que ya genera más críticas que adhesiones.
Fueron 130 kilos que estaban listos para vender, pero que son sólo una muestra de la gran cantidad de explosivos que seguramente pasaron y seguirán pasando por los accesos a la ciudad, sin que nadie se anime a explicar de qué manera pueden frenarlo.
En realidad, todos saben que se trata de una tarea costosa e inútil por dos razones simples: en Río Negro el uso y comercialización de pirotecnia está permitido y en Neuquén, la ley que se sancionó prohibiéndola no está reglamentada.
Se necesita un acuerdo regional y una ley reglamentada para terminar con la venta clandestina de pirotecnia.
Antes de tomar una decisión de estas características, ambas provincias tendrían que haberse puesto de acuerdo en la sanción de leyes comunes para evitar el tráfico ilegal de un lugar a otro. Si Neuquén se suma y Río Negro no, las fronteras entre ambos estados terminan siendo un colador, de la misma manera que ocurre con la carne con hueso prohibida al sur del Río Colorado. El resultado es similar: un contrabando incesante aprovechando que muy cerca de la zona donde rige la restricción hay otra donde se consigue el producto sin ningún tipo de inconvenientes.
Mientras este acuerdo interprovincial siga lejano y no se reglamente la ley para determinar la autoridad de aplicación, cómo se harán los controles y de qué manera actuarán los municipios, de nada servirán las prohibiciones. Y así se repetirán los decomisos y estallarán los cohetes sin saber de dónde vienen ni quién los tira.


