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Seis meses con coronavirus: cómo cambió la vida en Neuquén

Desde marzo, los neuquinos modificaron su manera de vestir, sus horarios, su forma de trabajar y entretenerse, y hasta sus vínculos humanos.

Después del encuentro, un titubeo. Están a más de un metro de distancia y la Organización Mundial de la Salud (OMS) desaconseja el abrazo que tienen ganas de darse. Algunos llegan aún más lejos y se oponen a los choques de codos, que era el último resabio de contacto humano que podían tener. Se saludan sólo con palabras, y tratan de imprimir en ellas un poco más de cariño. Quizás sonríen mientras se hablan, pero es imposible saberlo. El barbijo les tapa la mitad del rostro.

A seis meses del inicio de la pandemia por coronavirus, y frente a una catarata de disposiciones sanitarias cambiantes, los neuquinos modificaron su forma de habitar la ciudad. Su manera de vestir, sus horarios, su forma de trabajar y entretenerse, y hasta sus vínculos humanos. Todo cambió desde que se decretó el aislamiento social, preventivo y obligatorio el último mes de marzo.

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La presencia de un virus invisible que es potencialmente mortal sembró desconfianza. Aunque con el tiempo se aplacó la obsesión por desinfectar con alcohol hasta las bolsas del supermercado, son muchos los que incorporaron hábitos de higiene que no tenían y que ya eran útiles incluso en la etapa de pre pandemia.

El lavado frecuente de las manos, el uso de alcohol en gel y la ventilación de los ambientes se transformaron en acciones cotidianas. Los que las practican ya no son vistos con suspicacia y su aplicación tuvo un efecto positivo extra: son muchos los que manifiestan no haber tenido siquiera un resfrío durante el invierno.

Mercado coronavirus barbijos

El ajetreo cotidiano tuvo una pausa prolongada. Muchos modificaron sus jornadas de oficina por el teletrabajo. Así, cambiaron los zapatos de cuero por pantuflas, optaron por ropa más holgada y aprendieron, con más o menos facilidad, a vincularse de forma más amigable con las tecnologías. Aplicaciones antes desconocidas, como la plataforma Zoom, se volvieron herramientas cotidianas.

Otros no tienen la misma suerte. Su trabajo no puede realizarse desde casa, al resguardo de un posible contagio. Choferes de colectivos, recolectores de basura, enfermeros, médicos, comerciantes: todos deben extremar las precauciones y salir a pesar de todo, para ofrecer un servicio indispensable para el funcionamiento de la ciudad.

Los que trabajan a media máquina, limitados por las restricciones, agradecen no estar en el extremo peor, ese de los que aún no pudieron llevar adelante sus actividades económicas o que vieron sus ingresos diezmados por la caída abrupta de la circulación y el consumo. Para ellos, hay un temor que se impone sobre el coronavirus y que se genera por no saber cuándo se reactivará la economía.

La omnipresencia de las pantallas se hizo indiscutible en los últimos seis meses. Aunque ya revestían una importancia innegable antes de la pandemia, su uso se volvió aún más intenso. Cursar una carrera, aprender una habilidad, hacer una clase de gimnasia o hasta una tarde de mates con la familia, todo se hace por intermedio de una pantalla.

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Sin embargo, la búsqueda de la presencia se mantiene como una semilla latente. Algunos optan por burlar los controles y, ante el impedimento de la circulación vehicular, caminan de noche, apenas acompañados por los ciclistas de deliveries. Se encuentran en secreto y nadie puede determinar en qué medida cumplen con las normativas de distanciamiento, si es que respetan los protocolos para evitar los contagios o si se abrazan y comparten el mate como en los tiempos previos al virus.

Mientras tanto, el Estado se divide entre la imposición de normativas que reducen la circulación y el acompañamiento a los afectados. Crecieron las multas para los que no usan barbijo o circulan en auto después de las 6, pero también hay más camas de terapia y líneas de atención para contener a los infectados o sus círculos más cercanos. Las mismas autoridades afirman que no tienen libros para leer: aprenden sobre la marcha y todo puede cambiar en cuestión de días.

Con septiembre llegaron las temperaturas agradables y las ráfagas de viento típicas de la primavera. Pero las postales típicas de Neuquén se trastocaron. Ahora hay mates individuales, rostros cubiertos por barbijos de colores, un mar de bicicletas y calles desoladas. Ahora hay distancia, virtualidad, incertidumbre. Ahora, y por el tiempo que sigue, hay una pandemia.

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