“No conozco a nadie, nadie me conoce,/todo está distinto ciudad de Neuquén./Tal vez seas más linda pero te repito/todo está distinto ciudad de Neuquén”.
Cuando Marcelo Berbel compuso la canción “Regreso al ayer”, a la que su hijo Hugo le puso la música, una de sus ideas fue reflejar qué sentían y cómo veían los primeros pobladores la explosión demográfica que se daba a fines de la década del 60.
Los cambios de los que hablaba Berbel estaban vinculados con un progreso y un desarrollo que todavía no afectaba la esencia de “pueblo” y la “inocencia” de la gente. Era una época en la que los chicos podían jugar en la calle hasta entrada la noche u olvidarse la bicicleta tirada y volver a buscarla horas después sin que nadie se la llevara. Eran tiempos en que las casas podían quedar sin llave y no pasaba nada.
Sin embargo, la llegada del nuevo siglo sí trajo una abrupta modificación en las costumbres. A los perros y los portones se les fueron sumando las rejas y las alarmas, que dejaron de ser un recurso sólo de los “ricos”. Pero hoy lo preocupante ya no es tener que pensar en este tipo de medidas, lo más grave es vivir con miedo.
Y, lamentablemente, desde que nos levantamos, actuamos con ese temor. Desde tomarnos un rato al abrir la cochera para chequear que no haya ningún desconocido en las cercanías o andar en auto sin bajar las ventanillas hasta evitar salir con carteras y billeteras. Así y todo no alcanza, porque las “entraderas” a casas, los ataques a conductoras en los semáforos y el acecho de los motochorros son moneda corriente. Y si bien desde el Estado se anunció con bombos y platillos que se desbarató una banda que golpeaba en viviendas VIP, está claro que la mayoría de los hechos delictivos que sufre el vecino común no son resueltos y si así lo fuera, tampoco está bueno vivir todo el tiempo tomando precauciones para no ser asaltado.


