Un taco, un pase de los suyos, un gol con belleza en el inicio, efectividad en el desarrollo y complicidad del arquero en el final, y una bomba en directo, que no escucharon los que lo habían ido a ver, sino los millones que lo seguían por TV. Riquelme sabe jugar dentro y fuera de la cancha como pocos, y cuando las piernas pueden darle menos ayuda a su talento, la experiencia lo hace ser aún más hábil con la lengua. El dardo directo al corazón de la dirigencia de Boca tapó el triunfo de su Argentinos, como su gol dejó para otro momento el análisis sobre su condición física y la justicia del resultado. Cuando Román frota la lámpara, en el escenario que sea, hay que disfrutarlo. Algo que hicieron los hinchas xeneizes, con sus vaivenes en los últimos años pero a pleno durante sus primeras dos etapas (del ‘98 a 2001, cuando se hizo ídolo, y en 2007, cuando volvió para ser el héroe de la sexta Libertadores). Ahora, esos mismos hinchas deberán gritar goles ajenos (mientras sea en la B Nacional no habrá problema), y se sumarán otros. Los mismos a los que les costaba aplaudirlo por ser bostero hoy pueden ver, tal vez con menor rechazo, a uno de los últimos genios surgidos de los potreros albicelestes. Dueño de los equipos a los que comanda, de una personalidad tan fuerte como la impronta que deja sobre el césped, de una batalla que lo tiene en ventaja contra Angelici y compañía. Hubo tiempos en los que Messi no era disfrutado por todos en estas tierras (aún hoy no lo es, pero en menor medida). Quizá Riquelme sea criticado con menor entusiasmo mientras no dañe intereses propios, y en la recta final de su carrera regale firuletes a todos en un fútbol argentino que los pide a gritos.


