Aquella huella llamada Leloir

Pretende ser una columna costumbrista, como para que los nuevos neuquinos sepan cómo era la vieja ciudad.

Pretende ser una columna costumbrista, como para que los nuevos neuquinos sepan cómo era la vieja ciudad. O tal vez nostálgica, para compartir algo que los más viejos ya conocen. O quizás ambas.

En la década del 70 y principios de los 80, una huella desdibujada dividía la barda, en el sector norte.

Era un camino ancho, marcado a fuerza de máquinas, entre la arena, los espinillos y las plantas de tomillo silvestre. Era el paso obligado a la Boca del Sapo, ese morro de arena con forma de batracio, escenario de aventuras de miles de chicos que jugaban a ser expedicionarios en un ambiente virgen y natural, muy cerca del río.

La calle Leloir marcaba el último límite que tenía la ciudad hacia el norte y dividía la barda en dos partes.

La huella ancha y remarcada varias veces en el año por la resistencia de la barda era también la zona ideal para aprender a manejar. Era el lugar inhóspito para que los padres llevaran a sus hijos adolescentes para que comenzaran a sentir la responsabilidad de conducir un vehículo sin ningún tipo de riesgo.

De aquella huella hacia el norte sólo se levantaba el primer edificio que tuvo la Universidad del Comahue, recostado sobre una Avenida Argentina de tierra y piedras que solamente era muy transitada en las procesiones de Semana Santa.

Pasaron los años. No muchos. Y la ciudad comenzó a crecer en forma desmedida y las construcciones fueron conquistando aquel hábitat natural de lagartijas para empujar a la barda hasta casi hacerla desaparecer.

Hoy, la moderna Neuquén tiene a aquel camino de tierra como su calle más emblemática, ícono del progreso y del desarrollo.

Hoy se llama Leloir, un nombre distinguido para una avenida hermosa y moderna que tuvo su origen en aquel pueblo chico y que nació, sin mayores pretensiones, como una huella desdibujada y ancha.

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