Cuando un policía pierde el control porque una perra ataca a su perro y la ejecuta de cinco tiros a quemarropa, no queda otra que tener miedo. Miedo porque la memoria, de golpe, nos remite a los crímenes de Braian Hernández, de 14 años, y de Matías Casas, de 19, quienes fueron asesinados por policías que no supieron controlar sus impulsos. Incluso, se sospecha que fueron policías los que atacaron a tiros la casa del actual jefe de la fuerza, Raúl Liria, poniendo en riesgo la vida de su esposa.
Desde la institución tomaron el ataque a la perra como un hecho aislado. Rápidos de reflejos pasaron a disponibilidad al efectivo, le retuvieron el arma y le iniciaron un sumario que sin dudas terminará en otra exoneración.
Pero como sociedad no podemos dejar de preguntarnos: ¿cómo se recluta a los policías? Es justamente en este punto donde la fuerza debería intensificar los controles que pueden fallar como en cualquier otra institución.
Para entrar a la Policía, los aspirantes se someten a un examen psicológico, que apenas logra superar más de la mitad, según reconoció el ex jefe Raúl Laserna. Este filtro se ve que no alcanza. Hay que entender que la psiquis de un joven en formación cambia, guste o no, cuando recibe el arma. Tener un arma en la cintura es un poder y una responsabilidad muy grande.
¿Qué hacer? La respuesta la tiene que dar el Gobierno, no sólo pagando los gastos del tratamiento de la mascota herida, como anunció el Ministerio de Seguridad, sino también ampliando el gabinete psicológico de la fuerza para hacer un seguimiento de los efectivos y montar una serie de filtros para evitar estos episodios que ensombrecen la confianza en quienes dicen protegernos.


