La causalidad entre consumo moderado de alcohol y beneficios para la salud, sin embargo, no estaría del todo establecida. Las razones podrían ser de otro orden.
El New York Times publicó a mediados de junio de este año un interesante artículo al respecto. En él se pasa revista a la postura de un grupo de médicos y científicos críticos que, aseguran, no se ha podido establecer la relación directa entre el consumo moderado y la prevención de enfermedades cardiovasculares. En cualquier caso, estos profesionales apuntan al corazón de los argumentos a favor:
«Ningún estudio –dice el NY Times- ha probado nunca la relación causal entre el consumo moderado y la disminución del riesgo de muerte, sólo se ha probado que suelen presentarse juntos. El consumo moderado de alcohol podría ser algo que la gente saludable haga y no algo que haga a la gente saludable», dispara.
El argumento es poderoso, porque corre a las bebidas alcohólicas y al vino en particular de un eje frívolamente técnico sobre sus componentes, que nadie entiende, aunque resulta «científico» y por ello verdadero. Y estos profesionales críticos ponen el dedo en la llaga: ¿y si la gente saludable tiende a tener menos enfermedades, qué hace que la gente lo sea, el consumo moderado de bebidas alcohólicas o el conjunto de actividades, desde las físicas a los hábitos alimenticios y el buen humor?
Estadísticas y salud
Diez por ciento no parece mucho, pero es significativo si lo que está puesto en juego es la vida de las personas. Lo que sorprende de la cita es que se apoya en un estudio sobre 29 mil casos que incluyó a la Argentina y que, al menos para el artículo, no especifica quiénes son ni en qué circunstancias se encontraban los casos estudiados. No sabemos ni qué vida llevaban ni cómo, si vivían aisladas o en familia, aburridos o felices, ni por qué razones los que consumen bebidas lo hacen y los abstemios no, ni qué los motiva a rechazarlas. Sólo sabemos lo que la estadística certifica.
Pero si damos crédito a lo que el grupo de médicos y científicos críticos dice sobre el tema, lo más importante es entender qué decimos cuando decimos gente sana y saludable. Porque si bien la relación entre alcohol y salud se conoce desde tiempos remotísimos, en las últimas décadas, con el ascenso de los problemas coronarios debido a nuevos hábitos de vida, emergieron nuevos interrogantes sobre la salud. Y con ella, los argumentos de consumo a favor de la alimentación sana, de la que el vino es parte.
Sin dudas alguna, como el repollo o las naranjas, el vino tiene poder antioxidante. Sin duda alguna, también, el alcohol estimula la circulación, le da energía al cuerpo y embriaga el alma. De ahí a decir que hay que consumirlo porque previene enfermedades coronarias o cerebrales, hace pensar en esas publicidades en las que un actor con guardapolvos es un médico que certifica los efectos inmediatos de un medicamento. Esa es hoy una imagen de la salud.
Pero estar saludable no es sólo la suma de ingredientes correctamente balanceados en el organismo. Sino también un estado del cuerpo y del alma, del físico y la psique, donde las condiciones de vida tendrían tanto o más que ver que los alimentos y sus consumos.
Y ahí el vino tiene más cosas para entregar que la especificación de sus componentes y virtudes medidas en miligramos y recetados por profesionales de la medicina: ninguna otra bebida llena el cuerpo y el alma como un buen blanco frío o un tinto arrobante y cordial, lejos de la solemnidad científica de sus fórmulas, en una mesa, con amigos y risas francas, en pleno goce de lo que la vida tiene para dar. Ese cuadro también es salud.


