La necesidad de acercar los ídolos populares a la política (para hacerla más creíble, ahorrar dinero en instalar un candidato y sumar votos ajenos) no es nueva. Menem lo hizo, en los “recordados” ‘90, y Palito Ortega y Carlos Reutemann llegaron a ser gobernadores. Antes, en otras tierras, un tal Ronald Reagan fue el hombre más poderoso del planeta luego de ser estrella de cine. Los ejemplos sobran, acá, allá y en todas partes. Acá, sobre todo, de la mano de Mauricio Macri, muy afecto a sumar caras conocidas a sus listas de candidatos. Su hombre en Neuquén, Horacio Quiroga, tiene casi convencido a Camilo Echevarría para que encabece la lista de diputados en la dura batalla del 26 de abril. Casi, porque el propio piloto campeón del TC Pista en 2014 no quiere ceder a algunas presiones y duda.
Hace bien Camilo. Con solo 24 años, ya es el referente joven del deporte de la provincia, pero todo el resto de sus objetivos está aún madurando. Demostró manejar bien las cosas dentro de la pista. Y afuera también. Saber si está capacitado para semejante desafío es mucho más complejo. Tiene talento y la imagen que seduce a la política para captarlo. Se preparó en Europa para conducir autos de carrera y lo hace en Buenos Aires para ser abogado. No improvisa. Sabe lo que se debe hacer para llegar a la meta. Sabe, ante semejante propuesta, todo lo que apuesta. Con su primer año en el TC por delante, cambiar la butaca de un coche por la de legislador es un salto sin red al que lo empujan las necesidades y los tiempos de otros. Los propios indican que va camino a cumplir sus sueños en uno de los deportes más populares del país. Un sueño que pondría en riesgo por uno de mayor responsabilidad, pero para el que le sobran años para poder encararlo con más nafta en el tanque.


