Un conductor de un VW Gacel, sin carnet para manejar, sin cédula verde que acredite la pertenencia de su vehículo, sin la cobertura del seguro correspondiente y con 2,37 gramos de alcohol en sangre atropelló a Luis Paglialunga, un hombre mayor que murió como consecuencia de las heridas.
La crónica identificó al conductor como Diego Felipe Pailacura; la fiscal Panozzo lo notificó de la causa y lo internó en Adicciones del Hospital Castro Rendón, donde anteriormente realizaba rehabilitación alcohólica, y el martes próximo sería trasladado al Centro de Rehabilitación de Arroyito.
No sé si Pailacura, que conducía en obvio estado de ebriedad, irá preso por haber atropellado a un peatón, que más tarde murió. Lo que sí sé es que por el momento está en un proceso de rehabilitación.
¿Saben una cosa? Lo pienso y lo pienso y, más que a los conductores ebrios, le tengo miedo al populismo punitivo, esa forma facilista de pensar que cambiando el Código Penal se va a solucionar el problema.
Debe quedar claro que quien conduzca borracho y asesine a una persona tiene que ir a la cárcel. Lo que sí podemos asegurar es que hay muchos Pailacura que todos los días circulan por la ciudad en estado de ebriedad, y que cualquiera de nosotros corre el riesgo de cruzarlo en una esquina.
Todo lo cual pone en evidencia la falencia de la normativa que no siembra el ejemplo para que la conducta delictiva desaparezca. Queda mucho para el mes de diciembre, todavía estamos a tiempo para que el legislativo provincial demuestre preocupación por la salud social y trabaje en pos de la construcción de una sociedad donde el respeto por el prójimo sea uno de los pilares básicos.


