Después de casi 12 años decidí volver al cine para acompañar a mi hijo más chico a ver una película. No es que no me guste el cine, pero el entorno de las salas modernas realmente me fastidia.
La trama de la película en cuestión parecía interesante desde los primeros minutos que comenzó la proyección, pese a un olor rancio y a encierro que percibimos desde el comienzo. Me puse los anteojos 3D con mucho entusiasmo y me acomodé en la butaca, pero en el primer silencio comenzaron los ruidos. Una mujer que estaba sentada en la fila de atrás se había comprado una bolsa gigante de pochoclos y mascaba maíz inflado como si estuviera compitiendo por el Guinness. Alguien ubicado a la par le pegaba unas estruendosas chupadas a un “balde” de coca.
Intenté concentrarme en el argumento, pero en otro silencio estremecedor el concierto de rumiantes y chupadores de gaseosa volvió a hacerse presente. De manera simultánea, varios celulares sonaron en distintos lugares de la sala. Nadie tuvo la delicadeza de poner el teléfono en silencio para no molestar.
Y si algo faltaba en la sala, cuando la película estaba ya avanzada, fue el llanto de un bebé de meses que los padres habían llevado al cine. El chico lloraba desencajado, vaya uno a saber por qué. Recién a los 10 minutos el padre tuvo el tino de sacarlo.
Nos retiramos de la sala en manada. Afuera había una fila interminable de gente esperando ingresar a la próxima función. La gran mayoría tenía bolsones de pochoclos y baldes de coca. Todos, felices e impacientes. Yo, por el contrario, me sentía fastidiado. Estaba convencido de que en todos esos años de ausencia no había cambiado nada y que, en efecto, el cine no es para mí.


