El ejemplo del segundo lugar

El deporte tiene cientos de historias como la que escribió Delpo en Río. Una historia de resurrección con hermosos capítulos, incluida la enorme final que durante cuatro horas, al borde del calambre, nos regaló a millones que lo seguimos por TV, con el corazón en la mano, levantándonos de la silla ante cada palazo que buscaba los flejes con esa potencia que sólo él puede darle a la pelotita. El oro no pudo ser, pero el segundo lugar vale mucho más que la plata que reparte el circuito ATP del que el tandilense fue casi un espectador en los últimos tres años. Más de una vez lo imaginamos retirado, perdiendo ante las lesiones de muñecas que lo hacían volver a empezar, a pasar por el quirófano, a cambiar partidos y entrenamientos por horas de rehabilitación. Lejos de las canchas, la Torre nunca se dio por vencido. Podría haber tirado la toalla y disfrutar de la vida y los millones que ganó cuando era uno de los mejores del planeta. Como otros tantos deportistas que en Río demuestran que la gloria no tiene precio, Del Potro sólo quería volver a jugar.

Como tantos otros que en Río demuestran que la gloria no tiene precio, Delpo sólo quería volver a jugar.

Volver a ganar. Y lo hizo en una semana tan desgastante como inolvidable, en la que dejó llorando en la primera ronda que parecía un Everest imposible de escalar al mejor tenista de los últimos años, en la que superó en semis a un gladiador como Nadal, en la que ayer puso de rodillas durante varios pasajes al número dos del mundo, un correcaminos incansable y admirable, mal que nos pese. En Argentina casi nunca celebramos al segundo. Ojalá, gracias a esa imagen tuya, embanderado y besando tu nueva medalla olímpica, entendamos que hay historias que conmueven más allá del triunfo final. Ojalá ese orgullo que muchos dijeron sentir dure más que unas horas. Ojalá sientas que el sacrificio de todos estos años está valiendo la pena.

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