El fútbol, soles y sombras

La fecha final de este certamen de transición demostró -por si a alguno le entró la duda en los últimos tiempos por culpa del escándalo de la FIFA, los papelones de la AFA, los arbitrajes dudosos y los torneos inentendibles- lo lindo que es el fútbol. Ese deporte que es capaz, en horas, de hacer llorar a hinchas de clubes varios.

El sábado, los de Racing lagrimearon con la despedida de Diego Milito, un ídolo ejemplar que hizo quebrar a más de un simpatizante ajeno que lo miraba por TV. Los de Sarmiento gritaron como pocas veces ese gol milagroso que los dejó en Primera para seguir agrandando al Manosanta Caruso. Los de Argentinos conmovieron al resto con esa imagen del niño que lloraba abrazado por su padre, tratando de consolarlo en la tribuna tras el descenso consumado.

En medio de ese cóctel de sinsabores, victorias y adioses perfecto, la muerte enlutó al fútbol.

El domingo la emoción desbordó de alegría a los del Ciclón y fue pura tristeza para los de Godoy Cruz, que soñaron como nunca hasta el último minuto con una vuelta olímpica que no se dará. Y en las tribunas, dos pibes racinguistas trepados a unas muletas hicieron un canto a la amistad y a la pasión.
Era, ese conjunto de sinsabores, victorias y adioses, el cóctel perfecto para los que amamos la pelota. Pero entre tanta emoción, la muerte enlutó al fútbol. Y todo lo demás quedó empequeñecido por una noticia inexplicable. La imagen de TV se viralizó, y en medio de las dudas por cómo llegó el golpe mortal, el mundo futbolero se estremeció con la muerte de Micael Favre, jugador de San Jorge, un humilde equipo de la liga de Entre Ríos que vivió el peor partido de su historia. El único que no da revancha, que deja en segundo plano victorias y fracasos, y convierte en algo banal el amor por el deporte más lindo del mundo.

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