Definir y promover políticas de Estado es una de las grandes utopías de la política argentina. Todos los dirigentes las ponderan, pero muy pocos las aplican y, con la excusa de dejar su impronta, terminan sus gestiones con la tranquilidad de haber eliminado casi todo lo que les dejó su antecesor.
La Corrida de Cipolletti es una excepción que permite evaluar los resultados de una buena idea desarrollada a lo largo del tiempo. La prueba atlética tuvo ayer su 30ª edición con más de 17.000 competidores entre los 4 kilómetros recreativos y la carrera de elite (10 km) a la que llegaron atletas de toda Sudamérica en busca del tiempo que los clasifique a los Juegos Olímpicos de 2016. Hace casi una década, la Corrida dejó de ser un evento de un día porque casi todos los participantes hacen ejercicio a lo largo del año: son miles de personas que adoptaron el hábito de hacer actividad física para mejorar su calidad de vida, algo que se ve en pocas ciudades del valle. Los récords de inscriptos que se baten cada año terminaron, también, con el viejo reclamo por la falta de una celebración anual como la que tienen casi todas las ciudades. A la gran cita deportiva la acompañan tres noches de feria, música y color, con espectáculos gratuitos y familias con reposeras mientras pasan un buen momento. La gran atracción, sin embargo, sigue siendo la Corrida: el punto de encuentro de toda una ciudad, donde se manifiestan las alegrías y los reclamos populares. Toda la maquinaria que se activó por estos días y puso a la ciudad en el foco de los valletanos y de la Patagonia es el resultado de aquella vieja idea que trascendió los gobiernos y se instaló definitivamente en la agenda pública.


