El inefable papa Francisco

Jorge Bergoglio es un dolor de cabeza dentro y fuera de la Iglesia. Adentro, porque descalabró la herrumbrada curia vaticana. Y afuera porque no siempre se entiende lo que quieren decir sus gestos o sus palabras.

Lo experimentó Macri hace un tiempo cuando el ex arzobispo porteño no quiso sonreír para la foto cuando lo recibió en Roma. Y ahora los políticos que hacen especulaciones de por qué recibe a Hebe de Bonafini y por qué se habría rehusado a dar una cita a Margarita Barrientos hace dos años.

Pero ¿cómo entender el juego de Bergoglio tanto en la coyuntura de la política argentina como en la de la curia vaticana?

Sandro Magister -tal vez el vaticanista más despiadado con el pontífice-, en su columna de ayer en El Espresso dio pistas: "Jamás dice lo que tiene en mente, sólo hace que uno lo adivine. Y deja correr las interpretaciones incluso más disparatadas sobre lo que dice y escribe".

"Jamás dice lo que tiene en mente, sólo hace que uno lo adivine. Y deja correr las valoraciones".

Bergoglio no se va a desentender del escenario político argentino sencillamente porque la política corre por su sangre y es capaz de jugar a fondo tal como lo hizo para acercar a EE.UU. con Cuba, o con la crisis de los refugiados en Europa.

No la tiene fácil como Papa porque, como dice Magister, además de ser jesuita es "peronista" y ambas posiciones comportan una conducta que sólo parecería admitir la adhesión o el rechazo, sin términos medios.

Se especuló con que Bergoglio podría venir a Argentina para la conmemoración de la Independencia; sin embargo, el veterano sacerdote prefirió postergar su posible viaje sin fecha, acaso a la espera de un escenario distinto. Mientras tanto, con Bergoglio habrá que acostumbrarse a cierta inefabilidad gestual de la que son afectos tanto jesuitas como peronistas.

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