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La Mañana

El karma de subir al Indalo

A qué hora pasa?, pregunta un vecino desprevenido y que pocas veces se sube al transporte público. -No sé, nunca se sabe-, contesta otro que desde hace diez años toma el mismo colectivo, en la misma parada.
Viajar en Indalo es una odisea diaria, no solo para los usuarios sino también para los choferes. Para los vecinos, no pasa a horario, viajan hacinados y las esperas son eternas. Para el chofer los problemas son otros: la inseguridad a la que están expuestos y el maltrato de quienes enojados se suben y vomitan sobre ellos un montón de insultos porque se cansaron de esperarlos.
Los choferes suben y suben gente hasta que el coche no puede más, saben que la situación es extrema y que si no lo hacen el servicio funcionará peor. Los usuarios soportan viajar colgados de las escaleras, aplastados y haciendo malabares para no caer, porque también saben que si no aguantan eso nunca llegarán a destino. A esto se suman los constantes problemas de inseguridad que viven los trabajadores: amenazas con armas de fuego, golpes, robos. 
Esta situación está naturalizada. Los que viajan están resignados. Muchas veces se dijo que los problemas del servicio se dan solo en horarios pico. Tomar esta frase como una verdad es negar que hay un problema y aceptar que las cosas están bien así, cuando no lo están. No está bien que el chofer sienta que lo apuntan con un arma, no está bien que lo insulten, no está bien que los coches se rompan en medio de un recorrido, no está bien viajar en el último escalón o no saber nunca a qué hora va a pasar. La realidad es la que se vive en la calle, y cambiarla es urgente. Aceptarla con supuestos no es la solución.