L a escena vuelve a repetirse: tres alumnas esperan a la salida del colegio a otra que es víctima de una brutal paliza. Hasta aquí, un hecho más de violencia entre chicas, fenómeno que en los últimos tiempos se ha incrementado. Pero había algo más: las agresoras no quedaron satisfechas con atacar a su “presa”, sino que filmaron la agresión y de inmediato la subieron a Facebook. Alguno podrá reducir la situación afirmando que peleas entre estudiantes hubo siempre. Sin embargo, la pregunta sería: ¿De dónde viene esta violencia que incluso genera la necesidad de mostrarla, compartirla en las redes sociales, viralizarla. ¿Es goce? ¿Es amenaza? ¿Es poder? Lo que queda claro es que las situaciones o conflictos de violencia que se generan en una escuela no son únicamente de un alumno, al que denominan “chico-problema”, sino de todos los integrantes de la comunidad educativa. Los especialistas señalan que en casos de violencia escolar lo inadmisible es el silencio pedagógico. Cuando se aprobó la ley para la promoción de la convivencia y el abordaje de la conflictividad social en las instituciones educativas (Ley 26892), se puso el acento en la violencia como fenómeno social. Más allá de esta obviedad, sería aconsejable que desde el seno de las escuelas se aborde en forma pedagógica el (mal) uso de las redes sociales. En un libro sobre maltrato entre alumnos se afirmaba que la escuela tiene la posibilidad de hacer consciente el significado de la convivencia en los diversos espacios del mundo escolar. En este lado oscuro de la convivencia escolar, ¿qué pasa con estas chicas que construyen su cotidianeidad a través de la agresión? Las nuevas tecnologías le han abierto las puertas a la violencia o, mejor dicho, la están mostrando.


