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La Mañana rayuelas

El pintor de las rayuelas que enseñan y alegran las plazas de Neuquén

Jonatan Azaguate recorre varias ciudades plasmando sus juegos en las plazas. Trabaja a pulmón para inculcar mensajes positivos.

A Jonatan Azaguate siempre le gustó hacer dibujos, pero tardó muchos años en encontrarle una razón de ser a los garabatos que brotaban de sus lápices cada vez que se cruzaba con un papel. Después de pintar un personaje infantil en una pared, descubrió que el muralismo podría ser la mejor herramienta para transformar el mundo a fuerza de juego y pincel.

Jonatan tiene 33 años y vive en Centenario. En 2014, y antes de que culminara la carrera de Educación Física, su sobrina de 8 años le pidió ayuda para decorar su habitación, sin perder de vista la habilidad que tenía su tío para los dibujos.

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“Yo dibujaba desde chico, pero siempre en un papel”, dijo Jonny, que nunca se había enfrentado a una pared. Empezó por un Snoopy y siguió con otros personajes que su sobrina veía por televisión. Sorprendido por el resultado, el joven notó que tenía cierta facilidad para el muralismo, por lo que buscó alguna salida que pudiera combinar sus habilidades con el compromiso social que lo caracteriza.

“Noté que en Centenario había muchas paredes manchadas, con pegatinas de políticos o con pintadas que ensuciaban la ciudad”, explicó el joven artista. Para borrar esos trazos desagradables, se decidió a pintar murales con mensajes comprometidos, que fue replicando por toda la ciudad.

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Jonny pintó un mural en homenaje a Lionel Messi y aprovechó el dibujo para organizar una movida solidaria. Así, fue reproduciendo mensajes que dejaban huella en su comunidad: su pinceladas generaban conciencia sobre el maltrato animal, los femicidios, la discriminación, la discapacidad. Y en cada pintada sumaba voluntades para colaborar y cambiar, de un paso a la vez, la realidad que se vivía en Centenario.

Ya graduado como profesor de Educación Física, sopesó la importancia que tienen el juego y la recreación para la formación de los más chicos. Por eso, patrulló las calles para detectar las plazas más postergadas, y atacó con su pincel todas aquellas que tenían juegos rotos o donde las áreas para divertirse parecían sólo el recuerdo de otra época.

“Empecé a pintar rayuelas y juegos de ajedrez, cuando me ponía a pintar, se me acercaban los chicos que me querían ayudar o que ya querían empezar a usarla; yo no los invito porque para ellos soy un desconocido, pero si los papás los autorizan, se suman a pintar conmigo”, relató el joven.

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De ese intercambio nacían diseños nuevos. Jonatan lleva una idea en la cabeza, pero deja que el propio paisaje y sus habitantes lo interpelen y le propongan otras formas de pintar. El diseño, los colores, las formas: todo nace del diálogo con el lugar.

Aunque afirma que sólo pinta en los espacios públicos, asegura que no pide permiso para intervenir las veredas de las plazas. Como un intruso, y cada vez que tiene tiempo, se acerca con su pincel y estampa una rayuela que permanecerá por años como una atracción para los chicos que visitan la plaza. En 7 años, ya pintó más de 270 juegos y murales, que se reparten en todas las ciudades del Alto Valle.

“Intenté varias veces presentar proyectos, porque mi trabajo es a pulmón y tiene toda una impronta social; hice los proyectos formales, pero nadie me los recibió”, dijo y aclaró que, a pesar de las dificultades, no desiste de su empresa. Solo y con sus propios recursos, sale a pintar las rayuelas que los niños le demandan en silencio.

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“Se me ocurrió hacer una rayuela con el abecedario, para que sirva como soporte del aprendizaje”, explicó. Se imaginó a los niños saltando de la A a la B y replicando las 27 letras con una piedrita y la punta de su zapato. Y así pasó: la pintura todavía estaba fresca cuando los chicos de la plaza comenzaron a saltar y a aprender.

Cuando puede, Jonatan pinta las paredes. Siente que los murales en el suelo son menos valorados, quizás porque la lluvia y las pisadas van a borrarlos tarde y temprano. Una vez, notó cómo habían desaparecido las flores de un cantero y pintó la pared de la plaza con 700 flores de seis especies. “Eran todas flores silvestres, pero se me ocurrió que, si las pintaba, la gente las iba a recordar e iba a empezar a cuidarlas”, dijo.

Mezcló los dientes de león con achicorias celestes, enredaderas de campanitas blancas y unas flores amarillas de cuatro pétalos. “Creo que pinté demasiadas”, se rio y aclaró que, de esta manera, ya nadie se atreve a vandalizar el cantero, por lo que estima que sus pétalos pintados podrían darle lugar al nacimiento de flores nuevas.

Jonatan se toma su cruzada muy en serio. Trabaja todas las mañanas en una librería y dedica sus tardes a cursar la Licenciatura en Artes Visuales en la Universidad Nacional de Río Negro (UNRN), con el objetivo de conseguir más herramientas para plasmar sus juegos callejeros. Así, piensa combinar lo mejor de sus dos carreras universitarias en un proyecto de vida, que mezcla la recreación con el arte colectivo.

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El joven de Centenario no pinta dibujos demasiado intrincados. Por eso, sueña con replicar su técnica en talleres comunitarios que lleven las mismas ideas a otras geografías. “No es necesario ni pintar los casilleros, con sólo pintar un número o una letra, ya se puede usar para jugar”, se entusiasmó.

Por ahora, no recibió propuestas para organizar talleres y sumar más pintores a su cruzada lúdica. Pero no desiste de su objetivo, por lo que toma trabajos de pintura a domicilio para sostener su actividad solidaria. “De paso, cuando sobra algo de pintura, la puedo usar para mis intervenciones”, señaló.

Con el paso de los años, y después de haber pintado cientos de rayuelas, entendió que la preservación de ese clásico juego era una herramienta capaz de enseñar todo tipo de cosas. Por eso, se animó a pintar los nombres en mapuche o con el idioma maya, para que los chicos que salten aprendan también sobre otras culturas.

Cada tanto, el joven recorre sus obras para comprobar su estado de mantenimiento. Muchas de ellas se desdibujan con el paso del tiempo, pero el ritmo de trabajo de Jonatan permite que en su localidad haya algunas de sus pinturas a pocas cuadras de separación. Así, ningún niño se queda sin jugar.

“Por mucho o poco que dure el juego, veo que desde el primer día ya lo están usando”, dijo el artista. Aclaró que aquellas plazas que no tienen hamacas o toboganes se nutren entonces de una rayuela o un ajedrez, y todo el tiempo que la pintura esté vigente, sea mucho o poco, ya genera un impacto positivo en ese barrio.

Jonatan busca visibilizar su arte para que más personas se animen a pintar rayuelas. Y cada día le brotan nuevas ideas para replicar mensajes importantes y hacer que los niños aprendan a través del juego. Solo, y con un pincel, se enfrenta a las veredas de distintas ciudades para recordar que reír y aprender suelen ir de la mano.

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