El supermiedo le gana al fútbol

Los números a veces mienten. En otras ocasiones, marcan una realidad que hace rato se volvió costumbre y refuerzan lo que vemos en la cancha o por la tele. Los superclásicos paralizan al país. También, cada vez más seguido, las piernas de algunos futbolistas. Hacía once años que no se daba un 0 a 0 por un torneo local, es cierto. Tanto como que llevamos ya 10 temporadas sin que Boca o River metan más de dos goles en un Súper oficial y 18 años que no vemos más de cuatro gritos en el partido del año, cada día más lejos de la seguidilla goleadora de los mano a mano de la época del equipo de Ramón contra los de Bilardo o el Bambino.

La sangría de los mejores hacia Europa y cualquier liga que pague en euros o en dólares nos deja con lo que nos queda, sin las figuras de hace un par de décadas, incluso cuando se enfrentan los dos más grandes, los poderosos. Tevez es una excepción, pero está ausente, y D'Alessandro lo vio de afuera. Sin los distintos, cargados de presión, los 90 minutos más esperados suelen decepcionar como espectáculo. Vale la emoción, que nunca falta, la expectativa, que siempre sobra, y el triunfo, obvio, cuando se da y hasta puede terminar en una vuelta olímpica. Pero si les sacamos las camisetas y el marco, la mayoría de los últimos superchoques hubiesen sido partididos. No más que eso.

Los Súper regalan cada vez menos goles y el temor a perder paraliza a jugadores que no dan la talla.

Fue River el que buscó ayer, con mayor obligación que el rival por jugar en casa. El resultado no respaldó su ambición y Boca hizo su negocio (al igual que el equipo del Muñeco facturó un 0 a 0 que le servía en el primer duelo por las semis de la Sudamericana de 2014). Esta vez, sin revancha a la vista, ya no habrá ganadores y el hincha seguirá con las ganas de que adentro de la cancha haya un espectáculo similar al de afuera.

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