La presidenta Cristina Fernández le puso el cuerpo, y el alma, a la elección a gobernador. Y perdió. El gobierno nacional jugó fuerte en la campaña electoral para empujar al senador Miguel Pichetto hacia la gobernación, pero el esfuerzo no alcanzó, algo impensado para la militancia rionegrina, que celebró el apoyo explícito de la mandataria, máxima figura política del país con enorme distancia sobre cualquier posible rival. Un mes antes de la votación, CFK visitó Roca y transmitió por cadena nacional su respaldo al senador: “Futuro gobernador de esta querida provincia”, le dijo ante miles de militantes y millones de televidentes. Con idéntico discurso, le siguieron los presidenciables Daniel Scioli y Florencio Randazzo, entre otros dirigentes de primera línea. El kirchnerismo se metió de lleno en la agenda proselitista con una doble intención: colocar a un dirigente propio en el Ejecutivo rionegrino, por un lado, y evitar una derrota por duplicado el 14-J, por el otro. La presidenta sabía que el escenario era irreversible en Santa Fe, donde también se votó ayer. Y encabezó a la tropa, que se encolumnó obediente detrás del “compañero Pichetto”. El resultado no modificará el escenario de octubre porque la provincia de Río Negro apenas tiene el 1,6% del padrón, pero los titulares de las derrotas cambian el humor de propios y extraños.
Alberto Weretilneck se despegó a tiempo de la “nacionalización” de las elecciones y tuvo éxito, mientras que Miguel Pichetto volvió a quedarse en la puerta de la Casa de Gobierno en una derrota que golpea al PJ y retumba en la Casa Rosada.
Porque Cristina hizo todo lo que pudo para obtener un triunfo y Pichetto no logró seducir a los rionegrinos.


