En los ’80 predominaron las barbas psicobolches. Luego, en tiempos de neoliberalismo y del fin de las ideologías, llevar el rostro limpio era sinónimo de higiene y civismo; incluso en algunas empresas u organismos públicos se rechazaba a quien se presentaba para solicitar trabajo por el hecho de tener barba. Quienes la portamos hace décadas –en mi caso desde aquellos amenazantes días carapintadas de Semana Santa de 1987– ahora celebramos porque parece ser que la barba vuelve a formar parte de las últimas tendencias de la moda, impulsadas por la estética hipster, es decir, barbas largas y tupidas, como la que llevaban nuestros bisabuelos.
La barba se ha puesto de moda y hay quienes afirman que hasta ha derrotado al clásico metrosexual. Actores, deportistas, conductores de televisión y hasta modelos publicitarios se subieron a la barbamanía. Incluso en Nueva York hay quienes pagan 7.000 dólares por un implante facial que los haga más parecidos a Marx o a Freud.
Claro que cuando algo se pone de moda no faltan quienes atacan esa tendencia. Un estudio realizado recientemente por un laboratorio de Nuevo México reveló que las caras peludas tienen tantos gérmenes y bacterias como un inodoro. Y agregan que 20.000 bacterias conviven entre el vello facial.
Los mentones poblados jugaron un papel importantísimo en la historia, en la religión, en la cultura y en la sociedad: de los filósofos griegos a Darwin, Fidel Castro, Cortázar... y siguen las firmas.
Los hipsters han sacado del remojo a las barbas de aquel lugar común de símbolo de hippie, revolucionario o de excéntricos artistas o intelectuales. La barba da identidad y habla por sí sola, pero siempre limpita.


