El conductor neuquino (y de la región también) es un irrespetuoso de las normas de tránsito. No solo se aplica con esmero a estacionar donde no debe o a hacerlo en doble fila, hablar por teléfono y conducir, o tocar bocina con intenciones operísticas, sino que además establece como norma acelerar con fruición para llegar unos pocos segundos antes a destino. No importa el color del semáforo o si tiene que adelantarse por la derecha. La idea es la misma: ahorrar tiempo, por mínimo que sea.
En ese contexto de locura sobre ruedas, las normas de tránsito caen en el arcón de los recuerdos y se desempolvan para renovar el carnet de conductor.
En la ciudad hay radicadas 32 mil motos y 85 mil autos. A eso hay que sumar un flujo de 70 mil vehículos que cada día ingresan desde otras localidades. Al caos cuesta ponerle el bozal. Entre varias medidas impulsadas por el Municipio, con dudoso resultado, está la mejora del sistema de semáforos. La clave para analizar nuestra conducta al volante. Hay 166 esquinas semaforizadas y serán 200 a fin de año. “Son muchos”, admitió el responsable del área, Rudi Muccio, quien aclara que el semáforo “controla la velocidad y habilita el paso en los corredores viales”. Su par de la ciudad de Buenos Aires, Guillermo Dietrich, especialista en el tema, opinó que el exceso de semáforos muestra “lo mal que manejamos”.
Imponerle al conductor una luz roja para bajar la velocidad o ceder el paso a quien circula por la izquierda muestra que somos incumplidores seriales de las normas mínimas de convivencia callejera. Antes de transformar la ciudad en un árbol navideño quizás convenga recordar que un auto es un arma.


