Concluyó la semana pasada el juicio abreviado al dueño del local, el arquitecto y el capataz de la obra donde funcionaba la Cooperativa Obrera, en Godoy y Ortega y Gasset, cuyo fatídico derrumbe se llevó siete vidas.
La audiencia, como era de esperar, terminó con incidentes que protagonizaron los familiares, que nunca aceptaron las propuestas de los abogados defensores y de los fiscales. Arrojaron huevos, insultaron a otros familiares y al fiscal Marcelo Jara, que a pesar de la custodia fue alcanzado por algunos golpes de puños. El grito que se escuchaba ese jueves era “le pusieron precios a las víctimas”.
Existe un gran descreimiento del sistema judicial, no sólo del neuquino, sino también del federal; se ve a diario que el sistema de premios y castigos funciona siempre para premiar al que delinque y castigar al que no. El cineasta Juan José Campanella enumeró hace unos días lo que presenciamos: el clásico Boca-River, el juez que le bajó la condena al violador, la tragedia de Once, el caso AMIA. Tenemos miles de razones para descreer. La necesidad de justicia es como la necesidad de pan; por ahí es más intangible, no te morís a los 30 días como implicaría el hambre, pero la necesidad está ahí latente.
En La República de Platón, Sócrates, interrogado por sus discípulos, intentaba explicar qué entendía por Justicia. La justicia es que cada uno haga realmente lo que tiene que hacer. La justicia es el principio mismo del bien, el conocimiento más elevado, por encima de cualquier otra idea; un conocimiento en el que debían ser educados los gobernantes de la república platónica. No cabe duda de que en el juicio por el derrumbe de la Cooperativa Obrera nuevamente la balanza se inclinó para el lado opuesto de las víctimas.


