Keynes y la ortodoxia económica
Por Humberto Zambon
Los trabajos de los intelectuales originales y, por esa razón, más influyentes, suelen dar lugar a más de una interpretación y a la formación de distintas corrientes del pensamiento. Es lo que pasa con Carlos Marx, por ejemplo, y también con John M. Keynes (1883-1946). Economistas de la ortodoxia y de la heterodoxia polemizan sobre su herencia intelectual y también por el uso de su nombre: neokeynesianos se autodenominan algunos de los primeros y postkeynesianos la mayoría de los heterodoxos.
Keynes es, indudablemente, el más reconocido e influyente de los economistas del siglo XX, al punto de que se habla de la revolución keynesiana comparándola con lo que en su época fue la revolución coperniana. Educado en la ortodoxia, fue el heredero de la cátedra de Alfred Marshall que era, a su vez, el más reconocido economista desde fines del siglo XIX y prácticamente hasta la segunda guerra mundial; el libro de Marshall, “Principios de Economía”, publicado inicialmente en 1890, sirvió para formar muchas generaciones de economistas en todo el mundo (como texto más vendido fue reemplazado en la segunda mitad del siglo por el “Curso de Economía Moderna” de Paul Samuelson, publicado en 1945). Marshall sostenía la continuidad del pensamiento económico desde Adam Smith y Ricardo pasando por Walras y los marginalistas que hoy conocemos como neoclásicos; por esa razón, cuando Keynes habla de los “clásicos” se refiere a todos lo anteriores a él, Marshall incluido.
Ortodoxia
La formación intelectual ortodoxa de Keynes es importante tenerla en cuenta, porque gran parte de su libro clásico, “Teoría General del empleo, el interés y el dinero” (1936, conocido comúnmente como “La Teoría General”) está dedicado a la crítica y al rompimiento con ese pensamiento; precisamente la economista inglesa Joan Robinson decía que la gran ventaja de Kalecki sobre Keynes era que no había tenido que lidiar con una formación neoclásica. Keynes sostenía que fue concebida para una época históricamente superada “razón por la que sus enseñanzas engañan y son desastrosas si intentamos aplicarlas a los hechos reales”. Sin embargo, muchas de las ideas neoclásicas perduraron en Keynes, como ocurre con el análisis del mercado laboral.
Según Axel Kicillof en su libro “Fundamentos de la Teoría General” (Eudeba, 2008), la Teoría General incluye tres segmentos expositivos: el primero es una crítica a la ortodoxia; el segundo es la construcción de un modelo explicativo del empleo en la economía moderna y el tercero el fundamento teórico a ese modelo o “sistema keynesiano”. La teoría académica tomó el segundo, dejando de lado al resto, a pesar que, para Keynes, “los desacuerdos con la ortodoxia se encontraban alojados en el núcleo mismo de su sistema, en el terreno de sus premisas, por lo que sería necesario reelaborarla desde sus raíces, pues no alcanzaría con reemplazar algunas de sus piezas”.
Para la ortodoxia neoclásica la oferta crea su propia demanda, por lo que el punto central de la política económica está centrada en la oferta que, dejada a su propia inercia en un sistema de libre mercado, tiende a la ocupación plena; es el fundamento teórico del neolibealismo. En cambio Keynes (y Kalecki), luego de la experiencia de los años ’30, sostuvieron que el problema fundamental del capitalismo maduro era la insuficiencia de la demanda, razón por la cual el sistema podía estar en equilibrio con distintos niveles de desocupación; en estas condiciones, el estado debía intervenir para suplir las deficiencias de demanda provenientes de la actividad privada (fundamentalmente con inversiones y obras públicas). La política keynesiana dominó la escena mundial desde el fin de la guerra y hasta los años ’70, con el desarrollo del estado de bienestar.
Malestar
Es posible entender el malestar que produjo “la revolución keynesiana” en la economía académica, integrada por profesionales formados en la ortodoxia neoclásica: no solo se derribaban los principios de referencia intelectual sino también sus herramientas laborales. Primero se recurrió al noruego Ragnar Frisch, quien a principios de la década de los años ’30 había propuesto la división de la teoría económica entre micro y macro (conducta del consumidor, de las empresas y de los mercados en particular, la primera, y las grandes variables nacionales la segunda), entendiendo que había que buscar en la microeconomía el fundamento de la segunda. Así quedó establecido, en una especie de solución salomónica, que en macro entraba el keynesianismo mientras que microeconomía correspondía a la teoría neoclásica.
El segundo acto estuvo a cargo del economista inglés John Hicks (Premio Nobel de 1972), que en 1939 publicó el libro “Valor y Capital”, en el que procura aunar la teoría neoclásica con los aportes de Keynes, en lo que se conoce como “síntesis neoclásica”. Posteriormente se incorporó al sector laboral con base marginalista, integrando un sistema que domina la enseñanza de la macroeconomía en prácticamente todo el mundo y conforma la nueva ortodoxia. En esta visión, el sistema tiende a largo plazo al equilibrio con ocupación plena de todos los recursos productivos, aunque a corto plazo existan normalmente los desequilibrios analizados por keynesianismo y sean de aplicación sus recomendaciones de política económica. Claro está que “a largo plazo estamos todos muertos”, como decía Keynes.
Podríamos decir, entonces, que en economía existen dos corrientes ortodoxas neoclásicas: una dura, originada en Von Hayek y en la escuela de Chicago y el monetarismo, que da cobertura teórica a la política neoliberal, y otra moderada y moderna, basada en el Keynes interpretado según la síntesis neoclásica; en ésta se ubican figuras conocidas como Paul Samuelson, Tobin, Solow, Blanchard, etc. Últimamente visitaron nuestro país dos premios Nobel, Edmund S. Phelps (premio 2006) y Joseph Stiglitz (2001) que representan, respectivamente, a esas dos corrientes del pensamiento ortodoxo.
Frente a ellos está la heterodoxia económica, que reúne a un heterogéneo grupo que cuestiona desde el fundamento individualista, el desarrollo microeconómico, el análisis del circuito monetario, el papel de la demanda global, la distribución del producto, ocupación de los factores productivos, etc. que hace la ortodoxia. La mayoría de ellos se autodenominan postkeynesianos, en reconocimiento a los aportes novedosos y críticos hechos por Keynes, aunque en todos la influencia de Kalecki es grande; quizá fuera más justo denominarlos postkaleckianos.


