La guerra ya está echada

Omar Gutiérrez hizo una declaración de guerra tres años antes de las elecciones municipales en Neuquén. Instó a la militancia a “recuperar la ciudad”, un sueño que desvela al MPN desde que perdió el timón, allá por 1999, a manos del actual intendente Horacio “Pechi” Quiroga. El gobernador es un hombre con algo de suerte. Le tocó vivir otro fin de ciclo del quiroguismo, donde su principal líder tiene que dar un salto tan peligroso como utópico: ir por la gobernación neuquina impulsado por el trampolín (muchas veces inoportuno) del espacio Cambiemos. Como Plan B hay un premio consuelo: buscar ser senador nacional y retirarse con algunas medallas. En la semana hubo varias señales visuales de la relación amor-odio que hay entre Gutiérrez y Quiroga. Pasar del desplante a las sonrisas. De las declaraciones fuertes a la foto con el ex gobernador Jorge Sobisch. Sólo Pechi y un círculo donde cada vez hay menos oxígeno saben cuál es la jugada exacta para salir con vida de este laberinto, donde hay un reloj que corre en tiempo de descuento.

Gutiérrez arengó a la militancia a recuperar la ciudad. Una declaración de guerra a tres años de las elecciones

Gutiérrez no parece un político pasional, ni que derrame palabras sin libreto. Por el contrario, entiende que la política es pura ingeniería y si arengó a la multitud emepenista, fue porque tiene alguna certeza de poder lograr una conquista. No se pasa de la raya con falsos retrucos. Los alfiles del mandatario provincial en la ciudad intentan esmerilar todo el tiempo la imagen del intendente y hacen de un caño roto una guerra nuclear. Pero para ganar hace falta un plus a la estrategia. Y la clave está en casa. En ese fantasma que sobrevuela con hacer leña del árbol caído y que se debate entre la lealtad y la traición entre las cuatro paredes.

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