Aunque el tiempo pasa, la herida no cierra... Ni siquiera la condena a prisión perpetua a quien disparó por detrás y directo a la cabeza de Carlos Fuentealba logró calmar el dolor de su familia, ni de muchos neuquinos que aún esperan que quienes dieron la orden de reprimir también paguen. Es que resulta difícil pensar en que lo que sucedió aquel 4 de abril de 2007 sólo se trató de un accionar aislado de un policía fuera de sus cabales. Porque aunque Fuentealba fue el único asesinado, fueron muchos los docentes que huyeron de las balas y se escondieron en aquella estación de servicio sobre la ruta para no morir de un escopetazo. Pero sólo él, solamente él, perdió la posibilidad de crecer junto a sus dos hijas, de verlas cumplir 15 años, de envejecer junto a la mujer que lo conquistó por su amor a la docencia. Carlos era un militante, un trabajador que no dudó de salir a la ruta para marchar por sus compañeros, como tampoco había dudado de empezar sus estudios, luego de haber trabajado muchos años como obrero de la construcción para solventar a su familia. Justamente eligió la docencia para aportar solidaridad y esperanza en cada uno de sus alumnos. Este aniversario de aquella terrible represión llega a tres días de que la Justicia defina si realmente se equivocó. Si el dictamen de la jueza Ana Malvido con el sobreseimiento de los 15 policías y ex funcionarios imputados es o no correcto. Pero ese dictamen no analizó la responsabilidad de los imputados, sino que puntualizó en la dilación en la investigación. La Justicia alegó su propia torpeza y es difícil pensar en que dará un paso atrás, aunque hubiera sido importante que el tiempo sirva para investigar y dictaminar qué sucedió con aquel operativo y las características que tuvo. Es clave que la Justicia actúe y no falle por omisión, que es lo mismo que no hacer justicia.


