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La Mañana

La lluvia se ríe de la política

La lluvia desnudó una vez más a la ciudad. La puerta de entrada a la Patagonia, la pujanza de Vaca Muerta y su correlato de hoteles fastuosos y alto target, quedó expuesta en sus debilidades. Todas tienen el signo de un combo reiterativo y fatídico: las severas falencias en materia de infraestructura y la falta de acuerdos políticos de largo alcance para solucionarlos. El neuquino medio lo sabe y quedó sensibilizado desde abril de 2014: en esa primera versión del diluvio perfectamente dañino cayeron 204 milímetros de agua en cinco días. Ahí están las postales históricas de la Avenida Olascoaga como si fuera un pasmoso brazo del Limay queriéndose comer el Bajo, al que en rigor se engulló. Podía pasar de nuevo, todos lo sabíamos, y pasó. En dos días llovió el equivalente a media tormenta de entonces. Y sucedió lo otro que se presuponía: las cloacas colapsadas, los evacuados, los pobres rogando por una chapa, el colectivo y los taxis en orsai. Y todos prendiendo velas para que el agua no llegue a la cocina que sirve para hacerle la leche a los chicos. Pasaron más de dos años de esa primera gran tormenta. Nadie dice que sea fácil solucionar lo que en 25 años no se amagó a encaminar. La falta de apego de algunos vecinos al hábitat donde viven, aporta lo suyo, y señalan la arista cultural del problema: de los canales de desagote se retiran colchones y heladeras. Pero lo central es que alguna vez hay que comenzar. La política tiene varias llaves. Son millones de pesos los que deberían llegar para lograr que el agua escurra como todos esperamos. Hay, dentro de lo nefasto de la situación, otra chance. Aunque sea una solución tardía, a la gente le importa más su casa seca que la foto de un político con el presidente.

Hacen falta acuerdos de largo plazo para que el peor rostro de la ciudad no vuelva a reiterarse a cada lluvia.