Permiso para una licencia: voy a hablar (escribir) a título personal desde mi experiencia como habitante de esta ciudad hace 20 años. No soy NyC (“nacido y criado”). Tengo algunos amigos que sí lo son. Estudié, trabajé y trabajo en Neuquén. Tomé agua del Limay (y no me fui), mi hija nació acá. Corro por las bardas. Conozco las virtudes de una extraña salsa de piñones para comer con las pastas. Si me apuran, digo que Neuquén, en su diversidad, es la provincia más bella de la Argentina. Y si no, por ahí debe andar. Dicho esto, planteo que si hay algo que sigo sin entender del todo es el enorme derroche de energía que aún percibo en esta provincia para establecer, por la vía simbólica, los límites de una construcción que, para mí, es más bien una entidad en cambio permanente (hoy como nunca): porque ¿qué es la neuquinidad? ¿el himno cantado por los Berbel?, ¿el ícono del volcán Lanín como souvenir de turistas?, ¿la Confluencia del Neuquén y el Limay (más accesible desde Cipolletti)?, ¿don Felipe Sapag y su rutina de caminatas rumbo a la Plaza de las Banderas?, ¿la defensa irrenunciable de “los recursos de los neuquinos para los neuquinos”? Digo: los pibes del Oeste bailan hip-hop, cantan cumbias inefables, usan la gorra al revés y en la escuela se preocupan más por filmarse a los golpes que por cantar “Neuquén es compromiso...” (que también lo debe ser). En los últimos cuatro años, hubo 76.480 cambios de domicilio en la capital. En parte, dan cuenta de los nuevos residentes que llegan a vivir todos los días, muchos de ellos atraídos por la fiebre de Vaca Muerta. La heterogénea sociedad neuquina ¿se sentirá identificada por el mismo corset de tradiciones o sentirá que a veces le esconden algunos símbolos?

