Las inmobiliarias y los propietarios de Neuquén parecen no apiadarse de los inquilinos. Los alquileres aumentan al ritmo del costo de vida (que nunca se sabe cuál es) mientras los sueldos suben, pero a un ritmo mucho más lento.
La situación es cada vez más dramática, al punto que cada renovación de un alquiler supone el desembolso de dinero que no todos pueden afrontar y deben –necesariamente– acudir a préstamos bancarios o, en el mejor de los casos, a familiares y amigos.
Un departamento de un dormitorio, en un lugar bien ubicado (y esto no quiere decir pleno centro) ronda por estos días los 7.000 pesos, de acuerdo con la calidad de la construcción y los servicios que tenga, por lo que un inquilino para ingresar a su nuevo hogar debe desembolsar nada más ni nada menos que 21.000 pesos.
Ante esta situación, las inmobiliarias responden con el argumento de siempre: mientras la demanda siga creciendo, los alquileres van a seguir aumentando. Y los departamentos más chicos serán los más buscados debido a la gran cantidad de jóvenes que viven en la ciudad y salen cada año al mercado laboral (estiman que la mitad de la población tiene un promedio de 25 años).
Mientras tanto, la Unión de Inquilinos se queja y pide una regulación que parece imposible, la dirigencia política asegura que atenderá el caso y los gobiernos intentan paliar el déficit con planes de vivienda y créditos hipotecarios que no alcanzan a cubrir semejante demanda.
Quienes no son propietarios viven en Neuquén una realidad complicada. Y lejos de concretarse, el sueño de la casa propia parece ser cada vez más parecido a una pesadilla que no termina nunca.


