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La Mañana

La Sociedad de Mont Pèlerin

El “Opus Dei” de los economistas consiguió perdurar a lo largo de los años con su prédica de las bondades del liberalismo. La “libertad” como concepto vacío y la derrota ante Keynes.

Por Humberto Zambón

La Sociedad de Mont Pèlerin fue creada en 1947 en la localidad de Suiza que le da el nombre, convocada por Frederich von Hayek y que reunió inicialmente a 36 intelectuales, historiadores, filósofos y, fundamentalmente, economistas, cuyo elemento común era el compartir la ideología liberal.
Entre los convocados estaba Ludwig von Mises, que fuera profesor de Von Hayek y que en la década de los años 20 tomara renombre por el debate que sostuvo con Oscar Lange y Abba Lerner sobre la posibilidad del cálculo económico en el socialismo, que Von Mises negaba. Estaban, además, Milton Friedman, el mentor de los “Chicago boys” y creador del monetarismo, el economista inglés Lionel Robbins, el filósofo Karl Popper (autor, entre otras, de la obra conocida “La sociedad abierta y sus enemigos”) y otros intelectuales de renombre.
La idea central fue crear una organización cerrada, donde el ingreso fuera exclusivamente por invitación (que debe tener la aceptación expresa o tácita de todos los miembros), con el objeto de  difundir y defender las ideas liberales, ya que consideraban que los individuos estaban amenazados en sus libertades por el avance y desarrollo del Estado. Su primer presidente, en ejercicio hasta los años 60, fue Von Hayek. En la actualidad tiene unos 500 miembros (en su historia los integrantes han recibido ocho premios Nobel) y en los ambientes liberales la participación es considerada un gran honor.
Se trata de un ente similar al Opus Dei que, en lugar de la ortodoxia católica, tiene como meta la defensa de la pureza de los principios de mercado.
 
Libertad o totalitarismo
Von Hayek (1899-1992) fue economista y filósofo destacado que se hizo famoso en 1944 por su libro “Caminos de servidumbre”, que es una especie de biblia del liberalismo, completado con “Los fundamentos de la libertad” de 1960. Considera que toda planificación, por débil que sea, conduce necesariamente al totalitarismo y que el socialismo no es más que un sinónimo de totalitarismo. La llamada “justicia social” tiende al control del mercado libre y acaba con su desmantelamiento, terminando con la libertad económica y personal. Escribió que “veo la preservación de lo que es conocido como sistema capitalista, del sistema de libre mercado y de la propiedad privada de los medios de producción como una condición esencial de la misma supervivencia de la humanidad”.
Entre 1931 y 1950 enseñó en la London School of Economics y en los años anteriores a la guerra tuvo un fuerte debate con Keynes; la rivalidad comenzó con la crítica de Von Hayek al libro “Tratado sobre el dinero” y continuó con una ácida crítica de Sraffa al libro “Precios y producción” de Von Hayek, publicado en la revista que dirigía Keynes y aparentemente redactado a pedido del propio director, que el autor replicó con dureza. Lógicamente, la aparición de la “Teoría General” de Keynes en 1936 ahondó las diferencias teóricas y la rivalidad entre ambos economistas. De ese debate ideológico resultó ampliamente ganador Keynes: la crisis de los años 30 implicó el fracaso de las políticas económicas liberales y, después de la guerra, nadie dudaba de la necesidad de la intervención gubernamental en la economía, que el principal mal era la desocupación y que era imprescindible crear un estado de bienestar social.
En ese escenario negativo para las ideas económico-liberales surgió la Sociedad de Mont Pèlerin. Según Max Hartwell, integrante e historiador de la Sociedad (“Historia de la Sociedad Mont Pèlerin”, 1995), se aplicó el dicho militar al liberalismo, “hubo que salvar la bandera y renovar el ataque”. Dice Hartwell: “La sociedad fue importante para cambiar la agenda política, primero, sosteniendo ideas liberales cuando eran ignoradas e impopulares, y segundo, circulándolas y aumentando su influencia”.

La “verdad científica”
Lo cierto es que ese pequeño grupo intelectual inicial con tesón (y muchos recursos) fue creciendo y adquiriendo estatus académico en las universidades norteamericanas, hasta convertirse en “verdad científica” de la teoría económica, primero con la revalorización de la teoría neoclásica y luego con la teoría de la oferta y de las expectativas racionales. En 1960 Daniel Bell publicó “El fin de la ideología”, considerado por algunos autores como el manifiesto fundador del movimiento neoconservador. Este pensamiento no sólo dominó la educación y los centros intelectuales conocidos como think-tanks, sino también a las instituciones internacionales, como el FMI, el Banco Mundial y la Organización Mundial de Comercio. A fines de los ’80, con el llamado Consenso de Washington  se convirtió en claramente hegemónico: se convenció a la mayoría de los científicos sociales y al público en general que el neoliberalismo era el mejor sistema, e incluso se llegó a sostener que era el único posible.
Como teoría, sostiene que el mercado es el asignador óptimo de los recursos económicos y que el bienestar humano se maximiza cuando no existe intervención estatal en la economía y cuando se garantiza la libertad empresarial en un marco institucional que asegure la propiedad privada, la libertad individual y el libre comercio. En este marco, el Estado actual debería mantenerse con la mismas funciones que el Estado decimonónico (defensa, policía y justicia, asegurando la propiedad privada y el libre funcionamiento del mercado) y dejar las áreas en las que avanzó, ya sea en la producción como en los servicios, inclusive tales como la educación y la salud, a la iniciativa privada sin intervención estatal.
David Harvey sostiene que para que un sistema de pensamiento se convierta en dominante se requiere la articulación de conceptos que se arraiguen en el sentido común de la población a tal punto que sean considerados como datos indiscutibles. Y el neoliberalismo lo encontró en la idea de la libertad individual: se apropiaron así de más de tres siglos de historia occidental, inclusive de las luchas estudiantiles de 1968 y su contenido antiautoritario, con una finalidad conservadora. Sostuvieron que los valores de la libertad estuvieron amenazados por el fascismo y el comunismo y ahora por el Estado, que impide la libre iniciativa privada. Eligieron bien la idea ya que el valor de la libertad es muy fuerte y poderoso, como ya lo había demostrado en nuestro país la defensa de la enseñanza privada, publicitada como “enseñanza libre”. Y por eso Estados Unidos presenta siempre su política como una cruzada por la libertad, incluso cuando avasalla la voluntad países independientes o impide la verdadera libertad emancipadora de pueblos enteros.

Los neoconservadores
La idea neoconservadora parte del individuo como ser egoísta y competitivo en una especie de darwinismo social donde sobreviven los mejores. Considera que la idea de la igualdad es antinatural y contraproducente, ya que tiende a igualar hacia abajo y a eliminar las tendencias al progreso; Tatcher dijo que “es nuestro trabajo glorificar la desigualdad y ver que se liberen y se expresen los talentos y las habilidades para el bien de todos nosotros”.
Sostenían que si se respeta la propiedad y la iniciativa privada, se reduce -mediante las privatizaciones- la actividad del Estado a sus funciones esenciales (fundamentalmente mantener la seguridad y el orden), se abre el mercado y se permite la libre circulación del capital, la libre competencia logrará crecimiento de la riqueza que finalmente se derramará otorgando bienestar a toda la población (teoría del derrame).
En el mundo, el objetivo principal de la política económica fue la lucha contra la inflación, y en este sentido la desocupación fue vista como un precio necesario a pagar para evitar la suba de los precios. La estabilidad suplantó como objetivo político a la igualdad, ese viejo ideal de la izquierda política.
La crisis de 1930 demostró el fracaso del liberalismo. Su renacimiento en los años 70 culmina con una fuerte crisis financiera, que repercute en la economía real, y refleja en otra escala lo ocurrido en nuestro país a fines de los años 90. La experiencia histórica y esta crisis pueden significar el acta de defunción del liberalismo económico.