Estimado intendente: como habrá visto, publicamos ayer su réplica en forma de columna. Es un derecho que lo asiste. Comprobamos, de paso, que toda su argumentación no difiere en nada de lo que hemos venido informando en LM Neuquén sobre el caso Indalo.
Pero el asunto no era que usted escribiera una mera respuesta -que de todos modos es bienvenida-, sino que se pusiera en la piel del editor para comprender la diferencia que hay entre informar y opinar maliciosamente, que al fin de cuentas era su acusación. Por lo tanto, el desafío sigue en pie y ya cruzaremos nuestros padrinos.
En cuanto a su propuesta, acepto acompañarlo por 24 horas en su cargo siempre y cuando mis opiniones no sean vinculantes, claro.
A mí no me votó la gente, como sí lo hizo con usted antes de que Indalo se convirtiera en una película clase B de terror.
Me halaga, sin embargo, al afirmar que tal vez a mí se me ocurra alguna idea que permita discontinuar ese contrato leonino que su administración padece. Pues bien, si me permite una metáfora alocada: supongamos que el gobierno que lo precedió hubiera legitimado la tortura a los delincuentes. Y que usted llega a la Gobernación. Tratándose de un demócrata, haría lo que estuviera a su alcance por corregir aquella aberración. Gobernar implica riesgos, y me parece difícil que usted llegue a gobernador sin encarrilar el transporte público.
Creo que el remedio está en la voz de los contribuyentes.
¿Qué pasaría si lanza, por ejemplo, el poco transitado recurso democrático del plebiscito? ¿Estarían dispuestos los contribuyentes a correr con los gastos de rescindirle a Indalo, si le ofrecieran un servicio que no violara sus derechos humanos cada mañana de sus vidas?


