La historia de las tomas, de los ‘90 a la actualidad, estuvo marcada, mayormente, por el fatídico combo de necesidad, oportunismo político y falta de planificación. ¿De qué hubo más en todo este tiempo? Complicado decirlo. Lo cierto es que para miles de neuquinos, algunos de ellos los más pobres de la ciudad, los que suelen naufragar en el precipicio estadístico de las carencias, no hubo muchas alternativas. Sin acceso al crédito, sin trabajo y otras veces estimulados a tomar un terreno, optaron por convertirse en usurpadores. Ahora, tarde, pero está claro que tarde a veces es mejor que nunca, el Municipio y la Provincia comienzan a “regularizar”, es decir, a tratar de ordenar un poco el caos dentro del caos que es la proliferación de asentamientos en una ciudad que, dicen, nunca debió estar donde está: junto a un río, al pie de las grietas de las bardas por donde el agua sigue su curso natural, como quedó claro en la inundación del 2014. Una pregunta cruza a la iniciativa de otorgarles la tenencia a unas mil familias que deberán pagar por la tierra, y es la pregunta del tiempo. ¿Por qué sucede recién ahora, 10, 20 años más tarde, decenas de tomas después? Está claro que en la ciudad de las paradojas, donde hay quienes viven al lado de un pozo petrolero sin gas en sus casas, donde todos parecen tener un auto pero las calles no dan abasto para que circulen, los políticos debían salir de campaña criticando a las tomas, para, a renglón seguido, poner en marcha un plan en cuotas para que los tomadores paguen por la tierra que usurparon. ¿Habrá que resignarse a respuestas que llegan como entre ecos de un reloj despertador, como si hubiera temas sobre los que a ciertos políticos les cuesta, acaso, tomar conciencia?


