Los vemos siempre deambulando por las confiterías, ofreciendo cosas para vender. Tienen entre 7 y 10 años, pero se mueven con la soltura que da la rápida experiencia de la calle.
A veces pienso si esos pibes están vendiendo por la necesidad de juntar unos pesos o si buscan refugio del frío, como ocurre en este invierno duro que congela hasta el aliento. Seguramente serán las dos cosas.
Confieso que siempre me da vergüenza estar sentado en un ambiente confortable tomando un café o cenando con un amigo cuando aparecen estos chicos, sin expresión ni vocabulario. Llegan a la mesa, tienden la mano y dejan un paquetito de agujas o un par de biromes. Y con la misma expresión vuelven a recoger su mercadería que, en la mayoría de las veces, no encuentra compradores.
Los pibes de la calle siempre están ahí. A nadie parece importarle si tienen una casa, si los espera una mamá o un plato de comida. Tampoco llamará a la reflexión que la infancia que viven no es infancia y que el futuro no importa, porque la prioridad es sobrevivir al presente.
Hoy la globalización y la tecnología nos traen a nuestras casas el espanto de la guerra. Y todos nos asombramos y repudiamos cuando nos enteramos de que tantos chicos murieron en tal ataque. Y es motivo de debate e indignación en nuestro entorno.
Evidentemente no nos dimos cuenta todavía de que el espanto está más cerca de lo que creemos. No vemos –o no queremos ver– que en Neuquén, como en el resto del país, hay chicos que mueren todos los días un poquito. Que desaparecen en cámara lenta, no por las bombas ni la metralla, sino por la ineficiencia de los gobiernos y el veneno de nuestra indiferencia.


