Esa idea de que alguien es capaz de condicionar la libertad del otro cuenta con muy mala reputación dentro de cualquier sociedad que se presuma independiente y autónoma. Quizá por eso, el piquete goza de tan baja aceptación pública aquí o en cualquier parte del mundo donde se vea afectada la capacidad de obrar según la propia voluntad. Es que un derecho particular no parece suficiente argumento para impedir a otros, por ejemplo, circular según su propio deseo o necesidad. Y en ese contexto, cada vez que un corte asoma en el horizonte, se reaviva el debate sobre la colisión de intereses que se produce en cada caso.
Ayer obreros de la cerámica Fasinpat hicieron tres cortes de ruta en los puentes Neuquén-Cipolletti, la Ruta Provincial 7 y la Ruta Nacional 22 en Cutral Co, a la altura de la Cerámica Stefani. Los mineros de Andacollo Gold, a su vez, retomaron el reclamo en la Ruta 40, en Chos Malal. Al mismo tiempo, más de medio centenar de trabajadores de la empresa Moño Azul impidió la circulación por la 22, en Villa Regina, y en el puente que une Centenario con Cinco Saltos. Los empleados de hospitales nucleados en ATE hicieron bloqueo total del tránsito en la Ruta 237, en Picún Leufú. En todos los casos y por distintos pedidos, recurrieron al piquete, como la manifestación libre de protestar pero al extremo. Ese extremo que lleva al otro a convertirse en un rehén indefenso, ajeno, que siempre paga el costo de una pulseada ajena.
Siempre parecen justos los pedidos crédito para una fábrica, el pago haberes atrasados, nuevos inversores para reactivar un emprendimiento, los aumentos paritarios. Sin embargo, nada parece suficiente como para privar a otros. Y ayer volvió a pasar. Los gremios, que presionan antes de las elecciones, no obtuvieron soluciones. Los gobiernos no cedieron. ¿Resultado? Sólo pagaron los ajenos.


