En esta provincia, todos tenemos una deuda pendiente: deberíamos sentarnos a repensar los niveles de violencia con los que estamos conviviendo, una violencia que atraviesa todos los sectores de la sociedad. Esta semana ya tuvimos tres homicidios, dos fueron literalmente ejecuciones y el otro desnudó la miseria de la marginalidad.
Repasando los casos vemos que el interior neuquino está cada vez más violento. En Las Lajas ejecutaron de dos tiros a un hombre mientras dormía en su cama en estado de ebriedad. El principal sospechoso es un policía de los grupos especiales. Nuevamente, un efectivo de la Policía involucrado en un hecho aberrante, lo que obliga a interrogarnos acerca de dos cosas: ¿quién nos protege y de quién nos cuidamos?
El otro crimen fue en Cutral Co, donde un ajuste de cuentas se resolvió con la ejecución de un hombre de un escopetazo a quemarropa.
En la capital neuquina la marginalidad ofreció otra triste página. Un linyera fue asesinado a golpes y hasta le robaron la ropa. A la vista queda que no sólo hay miseria, también hay miserables.
En medio de tanta sangre, una pareja de médicos de buen pasar económico convirtió su relación en una tragedia. El hombre le disparó en la cabeza a su esposa y se mató. La mujer sobrevivió por un milagro. Pero, ¿cómo se sobrevive a semejante historia de violencia?
En este escenario, los medios repetimos el ya trillado título del film Relatos salvajes y cerramos páginas completas con historias terribles a las que no hace falta agregarles nada, ni ficcionalizar, porque todos los elementos están, desgraciadamente, ahí.


