Naturalizar el espanto

Un grupo de adolescentes es expulsado de un boliche por generar incidentes y hechos vandálicos. Los jóvenes se retiran, pero siguen con la misma actitud afuera, en la vereda y en la calle. Interviene la Policía y reprime. La escaramuza se termina. Son las 7:30.

No muy lejos del lugar, en otro boliche, una menor denuncia que un hombre quiso abusar de ella. Sus amigas, que habían salido a bailar con ella, no la encontraban en el local hasta que finalmente la hallaron a un par de cuadras, llorando y en estado de ebriedad. Dijo que un tipo la manoseó y que, ante su resistencia, salió corriendo.

En otro local bailable, camino al río, la madrugada encuentra un peregrinaje de jóvenes y menores que apenas pueden caminar. Están borrachos y exhaustos después de una larga noche de diversión. Los vecinos protestan porque es difícil conciliar el sueño frente a los ruidos que hacen los pibes en la previa y luego del baile. Además, dejan el camino sembrado de botellas, vasos, orina y vómitos.

Las autoridades ensayan explicaciones ante el evidente fracaso de políticas que no alcanzan.

Hay una sociedad que se espanta con los abusos de menores, llora las absurdas muertes adolescentes y se estremece con las tragedias viales en las que el alcohol es el protagonista.

Las autoridades ensayan explicaciones ante el evidente fracaso de políticas que intentan ser buenas pero que no alcanzan.

Todos, políticos, padres, periodistas y policías, nos asombramos cada vez que vemos estas noticias, pero al día siguiente seguimos con nuestra rutina. Como si nada hubiera pasado.
Mientras tanto, los hechos se repiten, como si fuera algo inevitable, como parte de un ciclo de riesgo que encierra la vida. Como si se naturalizara el espanto cotidiano que a veces tiene la diversión.

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