Esperen, dejen aclarar. No se trata de un insulto. En la antigua Grecia, el idiota era aquel que se preocupaba solo de sí mismo, de sus intereses privados y particulares, sin prestar atención a los asuntos públicos o políticos. En aquellos años, la vida pública era de gran importancia para los hombres libres. Ser un “idiota” entonces mutó a ser un idiota con la acepción actual, ya que en la democracia era considerado deshonroso no participar de ella.
La capital es la puerta de entrada a la Patagonia, lo que implica una enorme responsabilidad y esfuerzo. Neuquén no es una ciudad bella, sino más bien todo lo contrario. Crecida al amparo de la desigualdad, de los atravesamientos mezquinos de la política e intereses sectoriales, Neuquén es una ciudad de egoístas. Basurales por doquier, toneladas de escombros y chatarra rescatada de sus canales, abandono de sus monumentos, desbordes cloacales; plazas inauguradas y destrozadas con esmero; tránsito caótico y pésimos conductores; tomas miserables que coexisten con barrios cerrados; y permanentes protestas gremiales o políticas. Así es la cotidianeidad de la ciudad más grande del Sur, la que mayores riquezas concentra.
En este contexto, cabe preguntarse sobre quién recae la responsabilidad de dar un vuelco a la situación. Ahí volvemos a los vecinos que miran al costado y que por voluntad o coerción son sometidos a una realidad que los arrastra y obliga a contribuir con indiferencia al crecimiento de una ciudad fea. El futuro es promisorio, pero sin participación política (no me refiero a votar cada 2 años), difícilmente haya un salto cualitativo para una ciudad que hoy devuelve a su gente el maltrato a la que fue sometida en su crecimiento.


