Que el ruido fue menos es cierto. También lo fue la cantidad de accidentados, que año a año sigue en caída. Sin embargo, todavía falta, porque si bien en Neuquén existe una ordenanza y una ley que prohíben la utilización y la comercialización, hubo gente que usó pirotecnia.
El joven que perdió una falange de un dedo y el nene de 8 años que llegó al hospital con la cara quemada son situaciones que ya no deberían ocurrir. Algo similar sucedió con el incendio en Olivos en una fábrica de zapatillas por un globo aerostático.
Tampoco hay que olvidarse de lo que sufren las mascotas. El temor las lleva en muchos casos a intentar huir y terminan siendo víctimas de accidentes, o simplemente se pierden. Ni hablar de lo mal que nos pone verlas padecer ante cada estruendo.
Está claro que hay personas que nunca usaron pirotecnia, también están los que rezongaron un poco y aceptaron la ordenanza, pero lo preocupante son los que buscaron por todos los medios infringir la ley. Se trata de aquellos que cruzaron el puente y fueron a comprar a Cipolletti o los que la adquirieron en puntos no habilitados. Y más grave aún son las amenazas y agresiones, que incluyeron hasta armas, que recibieron los inspectores municipales que intentaban secuestrar la mercadería que se estaba vendiendo ilegalmente en algunos barrios capitalinos.
De la misma forma que siempre se les pide a los políticos que adecuen su agenda a la de los problemas de la gente, algo que no ocurre muy a menudo, en Neuquén sí se tomó una decisión sensata, pero hay muchos que no lo entienden y ponen en primer lugar su diversión personal antes que el bien de la mayoría.


