En las fugas nunca hay sorpresas sino complicidades del personal a cargo de la custodia. Y esto ha quedado demostrado.
Que se escapen cuatro presos de un pabellón, el pasado 8 de marzo por un boquete, y que encuentren en su camino dos portones abiertos en la U11... no es un descuido sino complicidad de los penitenciarios.
Ese mismo mes, un interno de la U11 fue trasladado a visitar a su abuela a la zona de Chacras de Plottier sin dar aviso al Comando Radioeléctrico ni a la Comisaría Séptima, contra lo que manda el protocolo. Después de comer, el preso huyó tras empujar a un penitenciario, de los cuatro que lo vigilaban. Ninguno lo pudo atrapar.
La célebre fuga de Luis Aboy en septiembre de 2013 también contó con complicidades. El condenado por el homicidio de las hermanas Buamscha se metió dentro de un exhibidor de tortas que de 7 kilos pasó a pesar 84, y ninguno de los que trasladaron y cargaron el mueble lo advirtieron. Los guardias nunca lo requisaron.
En la fuga de Pablo Díaz Encima, el pasado martes, hay preguntas de manual por responder. ¿Por qué un solo policía lo acompañaba por el interior del hospital? ¿Por qué no se apostó personal policial en todos los accesos y egresos del centro asistencial? ¿Por qué le sacaron las esposas antes de tiempo?
Estas preguntas básicas deberán contestar en Asuntos Internos los policías que autorizaron y trasladaron a Encina. Si bien se habla de negligencia, hacer un traslado sin el resguardo debido y previsto en los protocolos conlleva el latente riesgo de una fuga, por lo que hacer ese traslado, de todas formas, también representa una complicidad.


