Prohibirlas no es la solución

La muerte de cinco chicos este fin de semana en Costa Salguero reavivó la polémica sobre las fiestas electrónicas y su relación con el consumo de drogas de diseño.

De inmediato se agigantaron las voces para reclamar que se prohíban este tipo de eventos. Dicen estas mismas voces que así se evitarían muertes absurdas, como las del sábado a la madrugada en Buenos Aires.

Además, aparecieron detractores menos decorosos y repletos de prejuicios. Muchos de ellos, en medio del dolor y la conmoción, no tuvieron empacho en afirmar que a una fiesta electrónica sólo asisten "pendejos faloperos" con el único afán de "volarse la cabeza".

Las redes sociales explotaron en mil críticas a quienes escuchan este tipo de música, como si entre el sonido, el ritmo y la muerte hubiera una inexorable línea directa, en una especie de actualización de argumentos similares que pesan sobre el mundo de las bailantas y el paco, y las canchas de fútbol y las piedras.

Es cierto que lo que ocurrió en la Time Warp se podría haber evitado, pero la tragedia tiene explicaciones que van más allá de saber de dónde sacaron las pastillas las víctimas fatales.

Que las fiestas electrónicas están preparadas para que los jóvenes consuman drogas puede ser cierto. ¿Pero acaso no lo es que en los boliches apaguen los ventiladores para que el cliente tome más alcohol para derrotar al calor? Y si en una cancha un barrabrava le tira una piedra a un jugador de fútbol, ¿hay que suspender todos los partidos?

Está claro que se deben mejorar los mecanismos de control en todos los lugares de esparcimiento de una juventud cada vez más propensa al uso de drogas. Pero también es una realidad que el flagelo del narcotráfico y las adicciones a las drogas no se combaten con la prohibición de las fiestas electrónicas, sino con políticas de Estado de fondo que protejan más a nuestros adolescentes y jóvenes.

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