Así como en otras lides los neuquinos aún intentan terminar de diseñar su identidad, en el deporte todavía es necesario generar contagio, invitar a la gente a las canchas, popularizar incluso lo más popular de todo: el fútbol. Llevará tiempo ganar ese partido, en una era en la que el interior compite contra un implacable rival: la TV, responsable, en gran medida, de que nuestras tribunas (o los alambrados) luzcan cada vez más vacías los fines de semana, cuando la oferta televisada se multiplica y es posible ver los mejores espectáculos del mundo desde el sillón, cómodos, seguros, en familia. Algo difícil de conseguir en los escenarios locales.
Son otros tiempos, y llevar miles a un estadio en el ascenso o la liga provincial asoma como una quimera, un privilegio solo reservado para un puñado de clubes del interior. No es lo único que hay que vencer. La misma pasión que une también separa, los arrestos suelen ser individuales, las cuentan no dan, los campos de juego envidian a los que se usan en los torneos comerciales, la estructura ayuda poco. Perdemos desde el vestuario y hay que remar de atrás, no queda otra. Pero en ese contexto asoman ejemplos que esperanzan. Ahí está Independiente, un equipo bien trabajado, con un proyecto (el de Gustavo Coronel) sostenido en el tiempo y dando frutos, lleno de jugadores criados y nacidos, identificados con la camiseta, llevando más de mil personas a La Chacra, a punto de enfrentarse al campeón de AFA por los porotos. El duelo histórico será muy lejos, pero servirá para darle una inyección de ánimo a un fútbol local que necesitará tiempo y esfuerzo para ponerse de pie, unión e ideas para sustentar el crecimiento, fe en que algún día no muy lejano sean muchos más los que pregunten contra quién juega el Rojo (o el que raye) y no quién hizo el gol de Tigre.


