El estallido de 2001 y las nuevas tecnologías se las ingeniaron para complicarnos la vida. En menos de una década no hay fulano que se resista a los medios, cancha política y hoguera del más puro narcisismo. A la vez.
Vivimos de lleno en los medios desde que el gobierno de la Alianza aplastó cualquier vestigio de credibilidad en la sociedad y se llevó puesto a los partidos políticos. Sin esa herramienta institucional y con el “que se vayan todos” toreando a pocos metros, los diarios, las radios, las por entonces incipientes web, la televisión se convirtieron en el refugio de la dirigencia. Súmele la irresistible presencia de las redes sociales y los teléfonos inteligentes. Nadie está a salvo. Todos podemos ser protagonistas.
El Panadero Napolitano –energúmeno con carnet y gas pimienta casero– admitió ser la mano ejecutora en el bochorno del Superclásico. “Y encima estaban las cámaras, porque si no, zafaba”, aclaró el muy tonto. A Florencio Randazzo, ministro y precandidato a presidente, se le ocurrió burlar el estilo new age de su competidor, el gobernador Daniel Scioli, en medio del examen de los intelectuales orgánicos de Carta Abierta. “Con fe, con diálogo, con optimismo”, imitaba el ministro con simpatía. Pero cuando confesó que quiso ser presidente porque sin Cristina el proyecto se quedaba “manco”, metió la pata. La claque no tardó en celebrar la ocurrencia (¿involuntaria?) que quedó filmada por uno de los presentes. La alusión al brazo que perdió Daniel Scioli en tiempos de motonauta desató la indignación. Y el ministro Randazzo, antes de pedir disculpas, culpó… a los medios. “Esto se debe a la impunidad mediática”, dijo.
Casi, casi, como el Panadero de la Doce.


