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La Mañana

Brasil sacó provecho y rompió la maldición

Con Argentina golpeada y sin Diego, el equipo de Parreira mostró solidez para reconquistar el título tras 24 años.
Neuquén > La XV Copa del Mundo fue organizada por Estados Unidos. La FIFA quería ampliar su mercado y le dio la sede a un país sin tradición, que tuvo que crear la liga profesional y en el que el Soccer sólo era seguido por los latinos y los estudiantes de secundaria. Sin embargo, tuvo récord de público con casi 70 mil personas por partido de promedio. Jugando bajo el sol abrasador del mediodía, como en México 86, Brasil se sacó las ganas y cortó 24 años de sequía. La era post Pelé había dejado enormes equipos, siempre golpeados antes de la final. Para este torneo, que dio tres puntos por triunfo, Carlos Parreira armó un equipo de atrás hacia delante y generó un bloque muy sólido, con Dunga y Mauro Silva en el medio, que se apoyó en los goles de Bebeto y Romario para llegar al título.
A los brasileños el camino se le allanó tras la eliminación de Argentina, que había mostrado un equipo con el carácter y el juego necesario para llegar bien lejos. Los dos sufrieron en las eliminatorias, Brasil tuvo que convocar a Romario de apuro para la última fecha, en la que debía ganarle a Uruguay en el Maracaná. Lo hizo con un doblete del Chapulín, que en el Mundial haría cinco, todos en partidos distintos, y siempre el primero de su equipo.
Para Argentina el pasaporte había sido aún más angustiante tras el 0-5 ante Colombia y el repechaje con Australia. Basile citó a Diego Maradona para que se pusiera la camiseta más pesada de la historia albiceleste y de la mano del Diez la Selección tomó el impulso que le hacía falta para dar batalla en el Mundial. Con un equipo agresivo, arrancó con una goleada sencilla ante Grecia en la que mostró la capacidad de gol de Gabriel Batistuta, un juego asociado interesante y la vigencia de la magia del Diez, que hizo un golazo, el último en un Mundial, y empezó a creer.
El segundo duelo, ante los duros nigerianos, fue un examen que Argentina dio usando otros elementos, se repuso a una desventaja inicial con dos goles de Caniggia y Diego manejó los hilos en el final para cuidar el balón lejos del área propia durante un largo rato. El dueño de la pelota se marchó del Foxboro Stadium de Boston con una sonrisa enorme en un cuerpo agotado por el esfuerzo.
Sería la última vez que lo haría con la camiseta celeste y blanca. Su salida por el cuestionado doping minó el alma y las chances de un equipo que el resto miraba con mucho respeto y que frente a Bulgaria, jugando con la mente en otro lado, perdería el partido y a Caniggia, desgarrado. Sin sus dos anchos, Rumania lo mató de contra y el sueño se rompió en octavos de final.    
Brasil e Italia vieron la eliminación Argentina con buenos ojos y se encaminaron a la final, como en el 70, pero esta vez con menos brillo y gran efectividad. Para los italianos, que pasaron con mucho susto la fase inicial, la esperanza se mantuvo gracias a Roberto Baggio.
El Divino no había tenido participación en la fase de grupos pero los salvó en octavos cuando a dos minutos del final, perdiendo ante Nigeria 1-0, marcó el empate con una gran acción y en el suplementario hizo otro, de penal, para evitar los penales.
Ante España, en cuartos, otra vez hizo el gol decisivo, el 2-1, a tres minutos del final, y en las semis marcó los dos tantos para superar a la Bulgaria de Hristo Stoitchkov, uno de los artilleros del certamen con seis goles, que dejó afuera a Alemania. El otro artillero fue el ruso Oleg Salenko. Su equipo no pasó la primera fase, tras perder con Brasil y Suecia, pero en la despedida le ganó 6 a 0 a Camerún con cinco goles de Salenko, un récord para los mundiales.
Brasil transpiró para eliminar 1 a 0 a Estados Unidos, para superar 3 a 2 a Holanda en el partido más interesante del torneo y 1 a 0 a Suecia en semifinales, con gol de Romario a diez minutos del cierre. En la final se cruzaron dos equipos que defendían antes de atacar, y el resultado fue un 0 a 0 inamovible incluso en el suplementario. Un juego de ajedrez que se resolvió por penales.
Por primera vez (se repetiría en el 2006, otra vez con Italia como protagonista) la Copa del Mundo se definía desde los 12 pasos. Italia había recuperado en tiempo récord a Franco Baresi tras una lesión en la ronda inicial y llegó al duelo final gracias a Baggio. Pero los dos fallaron su penal. El delantero la tiró a las nubes y le dio a Brasil el tetracampeonato.

El día que nos cortaron las piernas

El golazo ante Grecia, el festejo cargado de descarga sobre la cámara que se repitió por millones, dejando afónicos, abriendo sueños, el grito de Cani pidiéndole el pase frente a los nigerianos, la pelota atada a la zurda para bancar el triunfo, la enfermera llevándolo de la mano, sonriente, sin que nadie lo sepa, rumbo al patíbulo. El cielo se estaba abriendo cuando nos despertaron con una noticia que tuvo el impacto de una bomba. Sin muertes, pero con un país lastimado, triste, sin alma. El sueño de la redención parecía posible, con un Diego Maradona otra vez angelado, sosteniendo el espíritu y el juego de un conjunto que los otros candidatos empezaban a mirar con miedo. Argentina, el equipo, se había despertado en los dos primeros partidos con el Diez como bandera. Argentina, el país futbolero, se despertaría sin ganas ni de abrir los ojos tras conocerse el dóping positivo por esa maldita efedrina que la FIFA buscó y encontró. A Diego le habían cortado las piernas y a todos el sueño de que levantase la Copa del Mundo en la cara de Joao Havelange. Con el traje de bombero, había acudido al llamado tardío de Basile para comandar las dos batallas ante Australia, inflando el pecho con la camiseta más pesada de la historia de la Selección, y mostró, ya en el Mundial, que tenía el fuego sagrado encendido, la mente atenta, las piernas intactas. De un hachazo se las cortaron, sin titubear, los popes de la FIFA a los que había osado ofender, y más de una vez. Diego lloró y con él lloramos todos, como en la final de Italia 90, como en su despedida en La Bombonera. El corazón del mejor jugador del mundo había sufrido la estocada final, con un control antidóping lleno de irregularidades, pero al que no se podía cuestionar. Grondona bajó al capitán de la lista y no hubo quejas. No se podía pelear con tamaño poder. El Diez sí se había animado, con una lengua afilada que alzaba la voz en nombre de todos los jugadores, y no se lo perdonaron. Darle el trofeo en la mano al ídolo rebelde no era un buen plan para los dueños del negocio. Havelange se fue mucho más contento estrechando la de Dunga y Estados Unidos evitó que Maradona, admirador del Che y antiimperialista confeso, agrandara en su tierra su leyenda. Ya nada sería igual sin el Diez en la cancha en ese torneo, y en los que vendrían. Argentina perdió a su D10S, vestido por última vez de celeste y blanco, y el país fue durante varios días un mar de lágrimas, un río de bronca, lleno de espectros que no tenían ganas ni de maldecir su suerte. Nadie los despertó, la pesadilla no tuvo más remedio que convertirse en realidad y el dolor quedó guardado en la memoria para siempre.

Colombia, del sueño a la tragedia

Colombia llegó al Mundial precedida por su gran eliminatoria, en la que generó dos triunfos históricos ante Argentina. En el primero, en Barranquilla, con baile pero un escueto 2 a 1, le cortó un invicto récord de 33 partidos a los de Alfio Basile. El segundo fue el que más ruido hizo. Un 5-0 increíble que terminó con otro invicto albiceleste, como local camino a un Mundial. Fue un parricidio que silenció el Monumental y que dejó a Argentina al borde de la eliminación, llegando al repechaje gracias a que Perú, que no había sumado puntos en cinco juegos, le sacó un empate 2-2 a Paraguay. Un gol guaraní dejaba a los bicampeones del mundo afuera. Pero nunca llegó para darle alivio a un pueblo que nunca pudo olvidar aquel 5 de septiembre del 93.
De la mano de Valderrama, Rincón y Asprilla, Franciso Maturana construyó un equipo que con sello sudamericano se ganó el respeto de todos. Pero en Estados Unidos el sueño se hizo pesadilla. Y en el regreso, se convirtió en drama. Colombia cayó ante Rumania en el debut y luego frente al local. Por eso no le sirvió de nada ganarle a Suiza en su despedida. Los hinchas se enojaron, se culpó a los jugadores por haberse relajado demasiado, jugar agrandados y subestimaron el Mundial.
Ante los norteamericanos, Andrés Escobar había convertido el primer gol del partido en contra de su valla, desviando un centro en el borde del área para superar a Oscar Córdoba. De vuelta en su país, el defensor, que había hecho el único tanto se su selección en Inglaterra, en un empate histórico en Wembley, pidió tomarse unas vacaciones para dejar atrás la tristeza del Mundial. Unos días después, en una discoteca en las afueras de Medellín, un hincha lo insultó por el gol en contra. Se llamaba Humberto Muñoz Castro, y era guardaespaldas de narcotraficantes. Tras una discusión, desenfundó un arma y le disparó 12 tiros al jugador, que murió camino al hospital. A su funeral asistieron cerca de 120.000, entre ellas el presidente de Colombia, Cesar Gaviria Trujillo, y la conmoción duró un largo tiempo.