¡Se robaron a San Martín!

Un día nos vamos a despertar con la noticia de que los delincuentes se robaron la estatua del prócer más emblemático del país.

La exageración tiene por finalidad graficar una problemática que está a la vista de todos, a pesar de los esfuerzos que hace el Gobierno para que no trasciendan los delitos porque temen que se dispare la denominada “sensación de inseguridad”.

Mientras los delincuentes y estafadores andan por la calle tranquilos, los vecinos se sumergen en el temor.

A plena luz del día, el viernes entraron a un edificio y robaron todo un piso. En la madrugada del sábado, patachorros rompieron el blindex de Dulce Malvina en el Bajo y se llevaron el cambio de la caja registradora. Los robos y entraderas en la zona céntrica son cada vez más frecuentes.

A este panorama sólo hay que agregarle un colmo para que la analogía de San Martín tenga sentido. En Rincón de Emilio, un barrio de clase media, arrancan sus Amarok para salir de madrugada a robarle el cemento al vecino que está construyendo. La hipocresía y la desfachatez en su máxima expresión. Esas 10 bolsas de cemento sustraídas rondan los 1200 pesos, casi el mismo botín que consiguió el pibe que irrumpió en Dulce Malvina.

A esto se suman los miserables que estafan con el sueño de la casa propia y venden terrenos que ni siquiera son de ellos.

Neuquén parece estar en un camino sin retorno donde todos son potenciales víctimas, mientras que los ladrones y estafadores andan con la frente en alto y con una sonrisa socarrona a flor de piel.

Los vecinos viven enrejados, con alarmas, y a pesar de ello, dudan de salir por si les roban, temen volver tarde por si los están esperando para asaltarlos. En definitiva, se vive una vida que no es vida.

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