Nada cambió o si cambió algo fue para mal. Hace cinco meses la ciudad se conmovía con la noticia de que habían hallado a nueve chicos en estado de abandono y hacinamiento en el barrio Confluencia. Un hecho social impactante.
La crónica indicaba que en una casa sucia y derruida vivía una madre con nueve hijos, la mayoría menores, en condiciones inhumanas. Era una familia a la que los vecinos del barrio rechazaban porque la culpaban de una gran cantidad de delitos (algunos menores y otros no tanto) que se cometían una y otra vez con total impunidad.
Fue tal el impacto social que tuvo esa noticia que el Estado (en su totalidad) reaccionó y se hizo cargo. Intervino la defensora de Menores, se arregló la casa, se consiguieron subsidios para los chicos, se logró que algunos retomaran la escuela primaria y hasta se conformó una comisión multidisciplinaria para seguir el caso de cerca. Pero ¿se siguió?
A cinco meses de aquel hecho, la madre de los menores (embarazada nuevamente) volvió a estar involucrada en un hecho delictivo, esta vez en el crimen de un hombre. Se sospecha que también tendría alguna vinculación alguno de los hijos más grandes, aunque todavía es materia de investigación.
Lo cierto es que la familia numerosa y pobre vuelve a ser noticia y sigue siendo tan marginal como lo era hace cinco meses.
El caso, que vuelve a conmover como aquella vez, es la repetición del fracaso del Estado en su conjunto y de la desatención de situaciones que encienden alarmas, pero que se escuchan a medias, solo por la urgencia de la coyuntura.
Es increíble, pero en estos cinco meses nada cambió. Y si cambió algo, fue para mal.


